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Votando por el 15-M

Más de mil días después del 15-M, este domingo podremos confirmar el cambio de ciclo político / El Mundo
Vivo mis primeras elecciones generales repleto de sensaciones encontradas. No podría decir que me encuentre especialmente esperanzado al respecto del cambio político que a priori ya se ha dibujado en la conciencia de los españoles, ni que tampoco los nuevos rostros emergentes, mediatizados y mimetizados por una multitud de adeptos, despierten en mí tan siquiera la semilla ilusoria de un despertar cambiante. España será la misma al día siguiente, el juego político de los pactos dará el pistoletazo de salida a la hipocresía latente y todo lo que se ha dicho en campaña sucumbirá al interés particular del poder. Hoy he apurado al máximo para mandar mi voto por correo, motivado más por un arraigado sentido del deber como ciudadano que confiado por un acto deficitario y carente de uso práctico. Pero quizá mis motivaciones sean distintas.

Hay una serie de supuestos de los que no se puede escapar, en estas elecciones o en cualquier otro proceso electoral. El primero de ellos está en creer en la farsa mítica de que la partidocracia está supeditada al interés popular. A pesar de las promesas de algunos emergentes, muy nobles todas ellas, la política del Siglo XXI huye cada vez más de los supuestos formales de la ciudadanía. Quienes gobiernan son antes políticos que personas, por ello inyectar de sensiblería cada discursiva persuasiva ofende a un servidor. Las palabras se las lleva el viento, y toda esa fogosa hemeroteca de parafernalia léxica que están acumulando los partidos se les volverá en contra algún día. Entiendo el lugar que ocupamos en el mundo y por qué el mundo está imbuido por la más irritante de las imperfecciones, pero quizá la humanidad haya perdido el sentido de identidad como pueblo en el momento en que el dinero nubló la moral del racionalismo. Ese momento en que, consciente o inconscientemente, cedimos los mandos de nuestro destino al carácter destructivo del poder financiero. Aunque eso ya es otro tema.

Hoy acaba una campaña electoral de la que, seguramente y de forma sarcástica, sé que escribiré en un futuro con la pertinente perspectiva temporal. Una campaña electoral que, entre otras muchas cosas, resucitó a Kant, creó la House Water Watch Cooper, cedió el mando póstumo de un partido en decadencia a su vicepresidenta, agredió al presidente del gobierno, despertó la suspicacia en torno a nuestra credibilidad en la Unión Europea, liberó a la nueva derecha de su máscara centrista a base de retórica machista, empoderó a los medios de comunicación de masas, discriminó a quienes divergían del pensamiento único y convirtió el juego político en espectáculo social. Todo ello forma parte ya de la historia de este país. De ese mismo país acostumbrado a tolerar la mano invisible de los mercados financieros, las mentiras de políticos convertidos en marionetas inertes, la otrora destrucción de 2.200 puestos de trabajo cada 24 horas, la cultura del "hay que trabajar más" mientras se enriquecen los mismos. La injusticia corroborada, supeditada y perpetuada por ese mismo sistema al que alimentamos electoralmente. 

Por eso, yo ya he mandado mi voto por correo, pero no he votado a ningún político. He votado por los padres que compatibilizan empleos precarios para que sus hijos puedan seguir estudiando, por ese autónomo que se levanta a las 6 para no ceder al desarraigo, por los miles de médicos desbordados y sin medios, por los profesores de filosofía, por los parados de larga duración cuya existencia ignora el presidente del gobierno, por quienes no pueden mantener encendida la calefacción en invierno, por quienes cogen un billete solo de ida, por quienes se han encontrado con la cerradura cambiada, por quienes deben costearse sus tratamientos en el extranjero, por quienes han visto recortada su Ley de Dependencia. Por los olvidados, por los que están y por los que se han ido. He votado con ese sentimiento que siempre ha motivado el cambio social en España. Por ese brío social del 15-M, por el inconformismo, por el cabreo, por la vergüenza ajena. He votado por la decencia ciudadana, sin fe ni esperanza, pero desde el convencimiento y la responsabilidad con los que me rodean, y siempre con esa desahuciada emoción de que algún día pueda contaros cómo España mudó la desvergüenza y la debacle democrática por la ilusión y el bienestar de sus gentes.

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