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Mariano Rajoy: Experiencia, desvergüenza y poder

Rajoy llegó a la Moncloa en el momento equivocado, con medidas aún más equivocadas / EN País Zeta
Tras cuatro años de legislatura, es inevitable que a Mariano Rajoy le quede una cierta sensación de vacío en el cuerpo. Su asalto al asiento presidencial, tras una inapelable victoria por mayoría absoluta en 2011, quizá se haya producido en el momento menos propicio de su prolongada trayectoria política. Y es que tras más de tres décadas intercalando actas de diputado, siendo ministro en varios gobiernos y sucesor de Aznar al frente del Partido Popular (puesto que, de hecho, le rebañó a Rodrigo Rato), el panorama que se encontró a su llegada a la Moncloa fue desalentador: un país con unas cuentas públicas hundidas, una tasa de paro y una prima de riesgo ascendiente y la confianza de los inversores y los mercados perdida. España pasaba por la mayor recesión desde la Guerra Civil, y suya era la responsabilidad de reconducir una situación alarmante. Más de mil días después del inicio del gobierno popular, la sensación es agridulce.

Si bien la situación se ha reconducido en gran medida, frenando la destrucción de empleo y abriéndonos poco a poco de nuevo al comercio exterior, Rajoy no pasará a la historia como el mejor presidente de la democracia en materia social, desde luego. Suya ha sido la legislatura de los desahucios, de las reformas laborales, del artículo 135 de la Constitución, de la ley LOMCE, de la ley mordaza, de la subida de impuestos, de la interminable corrupción del PP (del "Luis, sé fuerte"), del desafío independentista... Está claro que algo ha fallado en su mandato, a pesar de haber contado con la suficiente mayoría parlamentaria para llevar adelante el país tal y como su gabinete presidencial lo hubiese estimado oportuno. Además, los sucesivos encontronazos con otros altos representantes del partido, como el mismo José María Aznar o Esperanza Aguirre, han puesto en tela de juicio su autoridad al frente del mismo, a pesar de haber demostrado más mano de hierro con sus compañeros de lo que podría parecer a simple vista. Y es que no es ningún secreto que la corrupción ha hecho mella en el presidente, salpicado sucesivamente por numerosos casos en donde había gente de su máxima confianza implicada, haciéndole perder más de 5 millones de votantes a lo largo de estos últimos cuatro años.

No obstante, la realidad es la que es, y es que el período que va de 2008 hasta este mismo 2015 ha sido, sin duda, el más complicado de toda la historia democrática. En este sentido, España ha reconducido a golpe de reformas impopulares su situación económica, rebajando el gigantesco déficit público dejado por el gobierno de Zapatero y creando poco a poco empleo tras años de auténtico desagüe en la Seguridad Social. Sin embargo, y a pesar de que los populares han utilizado a los números como cartel electoral en todo momento, estos no son todo lo buenos que podrían parecer. Es cierto que España crece a un ritmo del 3%, duplicando la media de toda la eurozona, pero esto se ha hecho a costa del sobreendeudamiento público (67% sobre el PIB en 2011, 99,3% a finales de esta legislatura) y del Fondo de Reserva de la Seguridad Social, que mantuvo impasible su superávit presupuestario hasta que llegaron los populares a Moncloa, echando mano de casi 30.000 millones de euros. Todo tiene una doble lectura y una letra pequeña, y en materia económica la gestión popular ha estado llena de luces y sombras.

Rajoy no pretende abanderar ningún cambio, consciente del crédito perdido tras cuatro largos años de gobierno, en donde se han incumplido promesas electorales y se ha puesto a gran parte de la opinión pública en su contra. Algo que, por otra parte, no ha resultado determinante ni decisivo para las encuestas, que siguen situando al Partido Popular como favorito para ganar las elecciones, gracias sobre todo al apoyo de las zonas rurales y a los pensionistas. Lo peor parece que ha pasado, y puede que, en efecto, Rajoy se encuentre ante la oportunidad de reafirmarse no como presidente, sino como político y también como persona. Para ello contará con el apoyo unánime de todo su partido, en donde su batuta de mando es y será incuestionable aun existiendo voces discordantes, y con unos datos económicos que, sin ser perfectos, invitan a pensar que lo peor de la crisis ya ha pasado. El pueblo es conservador y tiende a mantener lo que tiene afianzado bajo el brazo, y esa es la principal baza del PP y de Rajoy para atarse a la Moncloa otros cuatro años en un panorama bastante más tranquilo. 

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