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El fracaso latinoamericano

Nicolás Maduro en un acto de campaña / Reuters
El triunfo de la oposición en los últimos comicios venezolanos, publicitados en todos los medios de comunicación españoles como si del 20-D se tratase, ha abierto una nueva senda política que, por primera vez en casi dos décadas, aleja al chavismo del poder. Con la retirada de Maduro de la presidencia y el auge de Macri en Argentina, América Latina frena en seco en la orquestación de una unión izquierdista continental, fruto de una merma económica y política que ha desgastado profundamente a su sociedad civil. Sin embargo, y como lectura desde el trasfondo, dichas elecciones también han supuesto la derrota del socialismo del Siglo XXI que marcó Chávez durante más de 10 años, obviando la imposibilidad de hacer política alternativa en este mundo globalizado.

Con política alternativa no pretendo afirmar que el proyecto oficialista venezolano sea viable. La escalada de Maduro hacia la presidencia, estructurada en torno a la profanada tumba política de Chávez, fue el principio del fin de ese proyecto alternativo. Con la mayor tasa de inflación del globo (217%) y con un 60% de desabastecimiento, Nicolás Maduro ha evidenciado su más que deficiente gestión política y económica, además de su incapacidad personal para gestionar un país con unos riquísimos recursos naturales como es Venezuela. No sé si el asesoramiento de Iglesias o Monedero ha sido desacertado, pero desde luego que el chavismo no ha muerto en el cáncer de Chávez, sino en la dialéctica prófuga de un sucesor muy poco cualificado como ha resultado ser Maduro.


Dicho esto, la retórica mediática subyacente a estas elecciones ha sido vergonzosa. Los medios españoles han entrado activamente en campaña, rompiendo la neutralidad y la perspectiva objetiva sin excepción ni aparente explicación. Esto no es nuevo. Felipe González, con su provocadora visita al opositor Leopoldo López, ya marcó esa hoja de ruta idílica y utópica a seguir por la opinión pública, sin el pudor que el ex-presidente de un país donde se mete a gente en la cárcel por manifestarse debería tener. Es ese viraje hacia el exterior, ese enfoque comunicativo en lo ajeno, lo que hace que cualquier información sobre Venezuela haya perdido credibilidad a ojos de los que no creemos en la dicotomía de buenos malos.

Antes de tirarse de la moto en chirriantes comparaciones, como aquella que, entre otras, relaciona a Leopoldo López con la figura de Nelson Mandela (válgame Dios), convendría analizar qué proyecto político está detrás de esa oposición libertadora, qué ha logrado la derecha en el continente latinoamericano en el último medio siglo y qué actores están detrás apoyando sus iniciativas. No seré yo quien dé una clase de historia, pero los valores derechistas de Latinoamérica, insuflados por los gobiernos republicanos de unos Estados Unidos muy interesados en defender su "patio de atrás" durante la Guerra Fría, poco o nada tienen que ver con la democracia. Aun siendo escrita por los vencedores y susceptible de ser manipulada, ahí está la historia para hacer callar a quienes distinguen sin sonrojo libertad de barbarie.

Hablemos de Venezuela, de la represión policial a manifestantes, de la corrupción de los Kirchner y de Rousseff, del fracaso de Tsipras, de la megalomanía de Kim Jong-Un; pero hablemos también de qué se está haciendo en Siria, de las ejecuciones públicas en Arabia Saudí, del tráfico petrolífero del Estado Islámico hacia socios de la OTAN, de la guerra de Ucrania, de la escasez de África, del ascenso del neofascismo en Francia, de los presos de Guantánamo, del bloqueo a Cuba, del terrorismo israelí sobre Palestina. Hablemos y seamos capaces de ver más allá de lo que los grandes corporativismos quieren que veamos, evitando encasquillarnos en ese pensamiento único unidireccional promovido por el demócrata mentiroso, por el capitalista acaudalado. 

El 2015 ha sido el año de una alternativa fracasada, de una evidencia empírica que imposibilita salir de los estrechos márgenes del sistema capitalista. Con la victoria de la oposición en Venezuela, desaparece el fantasma de una alternativa a ese mismo sistema que ha expropiado de futuro a las masas populares durante décadas. Un fantasma muy temido para esas esferas inmovilistas y acomodadas, hoy desvanecido por la tesis redentora de una oposición sin proyecto político ni social que pueda regenerar la vida ciudadana de Venezuela, en un mundo cada vez más incapacitado para discernir la política social de la práctica económica. El pensamiento único y tácitamente aceptado se ha vuelto a imponer una vez más, expropiando a un incompetente de los mandos legislativos para ser sustituido por otro gran fantasma del pasado reciente más gris de América Latina. 

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