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Albert Rivera: Centralismo y ambigüedad

Juventud, dinamismo, solvencia y ambigüedad, rasgos que definen al líder de C´s / EFE
Quien haya estado durmiendo estos últimos 10 meses, abra los ojos a falta de una semana para las elecciones y vea que nada menos que Albert Rivera se ha colado en segundo lugar en las encuestas de intención de voto, seguramente no termine de creérselo. Unas encuestas que, dejando a un lado su veracidad, ilustran un imparable ascenso de Ciudadanos desde el pasado verano. El agridulce resultado de las municipales y autonómicas de mayo contrasta a la perfección con su triunfo moral en las catalanas de septiembre, en donde el partido naranja se irguió como líder en la oposición unionista frente al independentismo de Artur Mas. Un resultado electoral que, a pesar de estar lejos de los 62 escaños logrados por Junts pel Sí, supusieron una muestra a ojos de toda España de que se podía confiar en su proyecto político. Y a partir de ese momento, nadie ha podido obstaculizar su imparable ascenso.

Rivera es un hombre que encarna los preceptos del buen gusto, la antítesis de un enfant terrible. No estamos hablando solo de su cuidada imagen exterior (él y Arrimadas hacen un dúo de ensueño), sino de la forma en la que el líder de Ciudadanos ha moldeado su discurso a medida que le robaba gran parte de su electorado al Partido Popular y al Partido Socialista. Rivera ha sabido identificar a tiempo un problema anacrónico, pero coincidente con un momento en concreto: el independentismo y las elecciones catalanas. Un escenario donde el PP no tiene ningún tipo de voz y en donde el PSC hacía tiempo que estaba en debacle. C´s aprovechó ese núcleo potencial de electorado y lanzó un discurso de unión, capaz de convencer y de ilusionar ante la presencia de nuevos rostros en un panorama político, el estatal y el catalán, monopolizado por los mismos actores durante años. 

Esa centralidad, ese "yo no me meto en donde no me llaman", no siempre ha sido así. Antes de aspirar en firme a ser presidente del gobierno, y al igual que le ha pasado a Pablo Iglesias tras su etapa como tertuliano, Rivera ha acumulado una variopinta hemeroteca de frases célebres. Esto engloba polémicas declaraciones en contra del matrimonio homosexual, la exteriorización de una postura que podríamos llamar anti-catalanista, contra muchos preceptos del idioma catalán, su cierta disconformidad con la vigente ley de memoria histórica, o incluso muy recientemente en un mitin con su torpe comparativa de violencia machista con violencia doméstica. Rivera brilla y convence dentro del marco de su rígida discursiva centrista, muy compartida y apoyada por multitud de periódicos (según un estudio, Rivera es, con gran diferencia, el líder mejor valorado también en los artículos de opinión), pero se muestra torpe y dubitativo cuando se ve obligado a salir del guión, y en dónde se encuentra con ciertos reparos para decir lo que verdaderamente piensa.

Aun con la proposición de multitud de reformas en la administración pública, en el modelo de contrato laboral o de cara a la regeneración democrática, Rivera supone el cambio sin riesgo, un relevo generacional e ideológico que cierre la etapa de los EREs de Andalucía, de la Gürtel o de la Púnica y que, junto a Podemos, marque el devenir político en los próximos años en España. No obstante, cabe recordar que todos los que se han dicho centristas no ha sido más que por un arraigado complejo de pertenencia a la derecha. Fraga y Aznar también eran de centro en campaña electoral, y más pronto que tarde, si Rivera llega a la Moncloa, se verá obligado a tomar decisiones no para entablar consenso y pacificación partidista, sino también para actuar consecuentemente consigo mismo y no tanto con su ambiguo y plural electorado. 

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