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Viejas heridas, mismas contradicciones

Pedro Santiesteve, Ada Colau, Xulio Ferreiro y José María González 'Kichi' / Fuente: Huffington Post
Es un hecho objetivo y fácilmente contrastable el que España no quiere una nueva guerra. Después del desastre político y humanitario que supuso la invasión de Irak en 2004, varios alcaldes, entre ellos Ada Colau, Pedro Santiesteve, José María González 'Kichi' o Xulio Ferreiro, junto con otros activistas y varias asociaciones, han firmado un manifiesto llamado "No en nuestro nombre", que se opone en firme a la intervención militar en Siria. Un documento que reabre el debate sobre la legitimidad de la lucha armada contra el Daesh y que ha levantado multitud de suspicacias en torno a si la inacción es o no más eficiente que la acción para acabar con el terrorismo yihadista

De entrada, es muy complicado mantener una comparativa entre ambas situaciones sin provocar sonrojo. La precipitada invasión de Irak, motivada exclusivamente por los importantísimos recursos naturales y por el valor geoestratégico de la zona, se justificó en su día por la aparente existencia de armas de destrucción masiva en el territorio, algo que nunca se ha demostrado. Se intervino sin saber por qué, dejando al país hecho el polvorín del que posteriormente surgirían multitud de movimientos insurgentes, entre ellos el propio Estado IslámicoNo obstante, la problemática actual gira en torno a una amenaza real, que no solo asesina y somete a millones de personas en Oriente Medio sino que también ha demostrado poder actuar en Occidente, sirviendo como ejemplo más reciente los atentados de París. François Hollande lo definió en su momento como un acto de guerra de un ejército terrorista, cuyo propósito no era solo una masacre, sino también propagar el terror en el corazón de la civilización a la que aborrecen.

En este sentido, el debate debería girar a si es o no lícito responder militarmente a una declaración de guerra. El Estado Islámico ha declarado la guerra a Occidente, con todo lo que ello implica. Su amenaza no es fantasmagórica, no es una mano invisible que se esconde tras un espejo. Es real. Y no son los atentados en territorio comunitario lo verdaderamente preocupante, sino su política territorial expansiva a lo ancho y largo de todo Oriente Medio y del Magreb. No olvidemos que uno de sus mayores aliados, Boko Haram, lleva desde agosto cometiendo atentados semanalmente en Nigeria, Camerún o Chad. Y respecto al tinte pacifista y moralista del manifiesto, aludiendo al injusto y terrible castigo que supondría para la población civil una intervención (algo que nadie pone en duda), habría que imaginarse qué habría sido de nosotros, los europeos, si en EEUU no hubiesen estimado oportuno intervenir en el continente durante la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo. Quizá todos estaríamos hablando alemán de no haber sido así.

Esta nueva situación a la que se enfrentan Europa y el mundo occidental ha dejado entrever, por otra parte, la escasa experiencia no solo política, sino también personal, de los principales dirigentes occidentales. Lejos de la sensatez de hombres como Churchill o De Gaulle, quienes llegaron curtidos en batallas a la presidencia de sus países, hoy nos encontramos con alegorías pacifistas y paternalistas sobre la presunta capacidad de entablar conversación amistosa con el yihadismo. Los terroristas de ISIS no son como la ETA que hacía estallar coches bomba en la distancia o secuestraban en silencio, sino que responden a una profunda convicción espiritual mediante la que justifican su barbarie. Una convicción capaz de llevar a una persona a inmolarse, algo que desde ciertos sectores políticos se ha relacionado con un fracaso estructural de la sociedad. Aunque existente, culpar a la frustrada integración social del nacimiento del yihadismo es una estupidez.

La lucha armada no acabará con el Estado Islámico, es una obviedad, pero llegados a este punto se ha convertido en un componente tristemente necesario para conseguirlo. Y digo tristemente por todo lo que ello implica para la sociedad civil siria, convertida en víctima directa en uno de los conflictos más complejos de las últimas décadas. Además, ninguno de los países partidarios de dicha intervención se ha planteado una intervención terrestre, alejándose de los tintes imperialistas que rodearon a la incursión en Irak de hace más de diez años. La guerra contra el miedo se gana en las casas, en las calles, en el entendimiento, en la coexistencia pacífica, en la lucha diplomática, en la ruptura de las vías de financiación, en la condena pública al terrorismo, pero sobre todo, y por desgracia, se gana con una acción armada que destruya la arquitectura bélica de ISIS. 

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