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Periodistas de izquierdas

Desde que tengo uso de razón confundo los colores. Verdes que se entremezclan con amarillos inconscientes, “azul” como globalización del morado, del lila y del violeta, el rosa que a veces parece gris, rojo y también blanco por difícil que parezca. Negro sobre blanco que nunca se parece al blanco sobre negro. Estoy acostumbrado, desde siempre y para siempre si ningún célebre científico lo remedia, a ver la realidad con otros ojos, con esa otra perspectiva de quien solo ve parcial los cambios en los colores del semáforo. Y oigan, no me quejo. De hecho hasta lo valoro. ¿Quién sería yo sin mi daltonismo, sin esa pequeña mutación genética que ha hecho que vea la vida de un modo tan peculiar e incluso jocoso?

Pues imagínense ser daltónico y aun por encima ser de izquierdas. ¡Y no un tipo más de izquierdas, no, un (futuro) periodista de izquierdas! Parece que la hecatombe está servida antes de abalanzarme sobre la piscina del convulso mercado laboral. Y es que ser de izquierdas hoy en día no es nada fácil. Al fin y al cabo, esa vieja dicotomía del lenguaje político, eso que tanto interesa tras la crisis y que tan indiferente nos parecía antes, cada vez está más anticuada. Hasta podría decirse que ser de izquierdas es “vintage”. Que es muy hipster y tal. Que si no se tiene muy claro lo que ser, mejor ser de izquierdas. Porque los de derechas siempre han sido los malos, y nosotros no queremos ser de los malos. Por eso, mejor ser de izquierdas.

Son tiempos convulsos para la enmarcación ideológica. De hecho, no es tanto ya por los principios que rigen cada tesis particular, sino por sus practicantes, por lo que con el paso de los años cada vez me he alejado más de una etiqueta concreta. ¿Que qué soy? Ah. No sé. Sólo sé que soy de izquierdas, y tampoco sé porque lo sé. Quizá porque la dignidad social del pequeño desfavorecido que anida en nuestros corazones es más poderosa que el egoísmo mercantil de la fuerza del capital, del “yo, me, mí, conmigo”. Eso por ahora. Quizá con los años empiezo a cobrar, a tener que rendir cuentas a Montoro y a contraer más deudas con las eléctricas, y entonces deje de ser de izquierdas. Porque ser de izquierdas, recordemos, es ser de los buenos. 

¿Qué tiene todo esto que ver, al fin y al cabo, con el periodismo? ¿En qué (creo que) afecta mi enmarcación ideológica, tan sutilmente cuidada y todavía más recelosamente maquillada, a mi devenir como profesional de la comunicación? Las personas cada vez actúan más por tendencia que por voluntad. Lo que marque la manada, se cumple y se acata. Es norma, es tácito. Si MI líder de MI partido dice que los jilgueros no deberían existir, pues es que no deberían existir. Para qué cuestionarme yo el planteamiento, si MI líder dice que es lo correcto. Y como lo voto, será porque dice lo que yo quiero que diga. Dejo que el político piense por mí y me facilite el tortuoso trabajo mecánico de dejar un momentito Twitter y reflexionar con la cabeza. 

Existe mucha hipocresía en la izquierda. No sé en la derecha porque nunca he olisqueado en sus cubos de la basura, pero en la izquierda hay mucho postureo y mucho logo. Mucho antifascista y trotskista disfrazado. Importa hoy más la foto en la “manifa antifa” que siquiera replantearse qué se está diciendo. Y tú, como (futuro) periodista, te paras en seco y les haces caso. Tratas de entender su explicación y puede que en el proceso, falles. Entonces tú, que eras de izquierdas, eres un fascista. Si tal también liberal. Y por qué no, venga, monárquico. Puestos a juntar tres términos contrapuestos, juntemos los más recurrentes entre la juventud pseudo-izquierdista-comunista-marxista-animalista-vegana española. Y es un “pseudo” con todo lo que semejante prefijo implícitamente suscita. 

Igual quien no entiende eso de ser de izquierdas soy yo. El daltonismo puede que me haga poner cara de póker con las cosas que se predican por el mundo adelante en nombre de la izquierda. ¡Oh, la izquierda! ¡Recordad que somos los buenos! A decir verdad, humildemente, nada bueno hay en la izquierda. Ni tampoco en la derecha, ni en el extremo centro de Albert Rivera. Nada bueno hay en quienes rechazan el sentido común de la realidad al someter ésta a la rígida estructura de sus ideas. Hay personas, también periodistas, a quienes sus ideas les han gobernado de tal modo que son ellas quienes piensan por ellos. “Sus ideas”, esas puestas por Lenin, Stalin y compañía, muy demócratas todos ellos por cierto, pero que son suyas y que les gobiernan y les controlan. La sinrazón expropiada de una idea ajena, abyecta, perdida, troceada y manipulada. 

Y a mí me ha tocado ser de izquierdas en este mundo donde tan complicado es ser de izquierdas sin que te abucheen o sin que te llamen reformista. Pero, a decir verdad, me gusta ser de izquierdas. Me gusta ser capaz, con la subjetividad honesta como galante de profesionalidad, de discernir qué está bien y qué no, qué se ha hecho mal y qué podría hacerse de otro modo más “cool”. Me gusta poder dar la razón a Rajoy cuando la tiene y luego retrotraerme sobre mí mismo y suspirar aliviado al recordar que soy de izquierdas. Es esa calma de la mente del librepensador sin carga de conciencia, de quien no extrae idea ajena sin cultivar antes la propia, la que hace que sea feliz siendo de izquierdas. Y además, periodista. La profesión de los capullos con la ideología de los buenazos. Caray.

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