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Cegados: Reflexiones sobre el Estado Islámico

Dicen que no hay más ciego que el que no quiere ver, y hoy más que nunca es un refrán de lo más pertinente en territorio comunitario. Los terribles atentados en París han despertado la conciencia europea en torno a la amenaza del Estado Islámico y del terrorismo yihadista, de ver cómo sus atrocidades han desbordado las fronteras de Oriente Medio, y que el hándicap de lejanía geográfica ya no es tal. Los ciudadanos europeos, y en especial los franceses, ya no se sienten seguros. Analistas y expertos de todo el mundo han compartido opiniones varias al respecto, oscilando desde la mayor contundencia militar posible hasta la inacción pacífica pasiva. Sin ser analista ni mucho menos experto, hay una serie de ideas que creo claves para comprender y atajar la amenaza a la que todos, Europa y Oriente Medio incluidos, nos enfrentamos en estos momentos. 

1. La escalada de violencia solo generará violencia

Decían los asaltantes a la sala Bataclan que “¡Esto es por Siria!”, y la respuesta francesa ha sido el lanzamiento de una veintena de bombas sobre la ciudad siria de Raqqa, donde más de 220.000 personas viven bajo el yugo del Estado Islámico. No alcanzamos a imaginar siquiera la cifra de muertes civiles que se habrán registrado en los ataques, pero son este tipo de acciones las que alimentan la maquinaria argumental de ISIS para crecer en apoyos y simpatías en territorio ocupado.

La lógica es muy sencilla. Occidente, ante la amenaza de la organización terrorista, decide atacar su cuartel general, con todo lo que ello implica. Como mínimo, decenas de personas habrán muerto y quienes hayan sobrevivido reclamarán venganza. ISIS se mostrará en este sentido adalid de la lucha contra la amenaza que para ellos supone Occidente, al igual que para nosotros supone también el Daesh. Un círculo vicioso de acción y respuesta que, en síntesis, genera una fábrica de terroristas que nos aleja mucho de la solución deseada y deseable.

2. La beligerancia, no obstante, es ineludible

El concepto de guerra contra el terrorismo plantea matices en los que hasta el momento no se encuadraba el propio concepto de “guerra”. No hay posiciones clave que tomar, ni frentes visibles que abordar, ni una estructura militar y logística que diezmar, ni tampoco un Estado soberano que secunde y controle los operativos militares del enemigo. Se ha visto en Francia: un atentado coordinado y orquestado en Bélgica, con la estrecha colaboración de Siria. Tres de los ocho terroristas eran franceses y tenían pasaporte europeo, por lo que no hay un perfil claro de enemigo que se pueda identificar ni tampoco fronteras que aseguren la estabilidad. 

Occidente, cuya responsabilidad en este problema es ineludible, debe sumar esfuerzos para emprender acciones conjuntas y huir de las unilateralidades. El poder occidental es más que la acción conjunta de Estados Unidos y Francia atacando Siria, es más que Rusia bombardeando a la oposición al gobierno de Basar al Asad. Pero esto no es el verdadero problema, ya que quienes deben poner más de su parte son los gobiernos de Arabia Saudí e Irán, cuya enemistad por el conflicto entre suníes y chiíes nos aleja cada vez más de la solución al problema. Una solución que, en efecto, pasará tarde o temprano por una acción militar, pero que pide a gritos una mayor coordinación. 

3. Apertura y mayor control en las fronteras

2015 finalizará como uno de los años más negros en la gestión de la crisis humanitaria global, con un claro inciso en el polémico papel desempeñado por la Unión Europea. A comienzos de año, eran miles los inmigrantes que partían cada día rumbo a Lampedusa desde costas libias, huyendo de la miseria y la pobreza que asolan al continente africano. Más de 120.000 cruzaron el mar hacia Italia en ese período. Al otro lado del Mediterráneo, un drama todavía mayor: 800.000 refugiados que se ven obligados a abandonar sus países de origen y que se encuentran de frente con la ineptitud burocrática de la Unión, cuya actitud solo puede ser calificada de deficiente e irresponsable.

Los ataques de París han arrojado a la mesa de nuevo el debate sobre la política migratoria, sobre si deben ser bien recibidos o no todos esos refugiados. El flujo migratorio desde Turquía hacia los Balcanes, llegados a este punto, es inevitable, y tras estos atentados los líderes comunitarios se han mostrado todavía más reticentes a aceptar las de por sí paupérrimas cuotas de reubicación. Ahora, dicen, por temor a que se cuelen yihadistas entre los bebés, los niños, las madres, los padres y los abuelos que huyen del mismo enemigo de Occidente. El control fronterizo debe aumentar, pero también debe aumentar la cuota asimilable y las condiciones humanitarias. Hay que dejar de ver al islam como el enemigo y concebirlo como un aliado contra el radicalismo que a ellos mismos les perturba. 

4. La doble vara de medir y la volatilidad de la red 

Quien conozca mínimamente el mundo de las redes sociales sabe que, ante una catástrofe de estas magnitudes, la polémica siempre está servida. Desde los visionarios que ya lo habían previsto desde hacía décadas hasta los que se olvidan de que 132 personas han muerto en París. Internet se ha convertido en un profundo pozo de sabiduría, pero también en soporte de algunas de las mayores barbaridades que se puedan llegar a leer hoy en día, independientemente de la temática pertinente. 

Entre los reproches (que créanme, los hay), uno de los más recurrentes es el de la dicotomía existente entre la hipocresía de la cercanía frente a la complicidad de la distancia. Los muertos de primera y los muertos de segunda. Que mucho París y mucho #JeSuisFrance, pero que poco Siria, Líbano, Kuwait, Somalia, Israel, Yemen, Palestina, Indonesia, Irak, Afganistán o Egipto. Muchos también han afirmado, inconscientemente espero, que los muertos eran los propios responsables del atentado. Un argumento fruto de la sinrazón que gobierna el imperioso deseo de algunos por adquirir notoriedad en el mundo de la red. Debates que enriquecerán al acomodado en su sillón, pero que a oídos de los verdaderos afectados por la tragedia apenas son polvo. 

5. La religión, de nuevo, en el epicentro de la injusticia 

Por último y no menos importante, el componente religioso como núcleo neurálgico de la causa yihadista. No es necesario argumentar, creo, que no todos los musulmanes suníes congenian con el Estado Islámico, ni tampoco que el propio significado del Corán diverge considerablemente de tales razonamientos. Que la religión, válvula de escape frente a la desazón y a la aflicción de nuestra aparente racionalidad, no justifica en pleno siglo XXI ningún conflicto armado ni ninguna confrontación entre los pueblos.

La ausencia de una entidad equivalente al Vaticano hace que la práctica e interpretación del islam esté muy ramificada, hecho que han aprovechado los líderes del Estado Islámico para promover su discurso propagandístico con aplastante efectividad, algo que no consiguió Al Qaeda en su día. No son representantes del mundo musulmán, es evidente, pero sus acciones en nombre de Alá son lo que verdaderamente absorbe notoriedad en Occidente. Y como siempre, el gentío popular no sucumbirá a la tentación de la cultura, permitiendo impasiblemente la expansión de ideas xenófobas no solo contra los refugiados, sino contra nuestros propios conciudadanos. Puede que al final el enemigo no esté solo en el exterior, sino también en nosotros mismos.

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