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Sin pausa y con prisa

Ya huele a elecciones, señores. Huele al sudor frío del ajetreo matinal, de coger un avión varias veces por semana, de abrocharse bien la corbata y fingir una sonrisa. Nada fuera de lo esperado, puesto que es mucho lo que España se juega el próximo 20 de diciembre en las urnas. Dicho lo cual, puede que no se trate de los comicios más trascendentales de la democracia, pero el glorioso intercambio de golpes y el afán apresurado por marcarse varios tantos a favor por parte de los implicados convierten esta carrera hacia la Moncloa en un divertidísimo ejercicio de "a ver quién da más". Y eso, desde la óptica periodística e imparcial, es una noticia positiva.

Es una noticia positiva porque tras casi tres décadas de monopolístico intercambio de poderes entre los dos grandes partidos, ahora sí que han cambiado aparentemente las reglas del juego. El llamado "efecto Podemos", fraguado a lo largo de 2014 y en una clara tendencia a la baja desde la Marcha por el Cambio de enero, se ha sumado al inhóspito ascenso de Ciudadanos para remover por completo las piezas del puzzle electoral. Y digo inhóspito porque Albert Rivera no ha aterrizado precisamente ayer en política como quien dice, ni tampoco ha trazado una hoja de ruta rupturista frente a PP y PSOE como sí hizo Podemos en un primer momento. Este hecho evidencia la necesidad ciudadana de ver rostros nuevos, de un cambio generacional que aporte energías renovadas a figuras políticas obsoletas.

En este panorama, en el que cada sílaba aparece milimétricamente estudiada, en el que cada paso en falso puede marcar la diferencia, la estrategia electoral de un gobierno impopular que aspira a repetir mandato es la que más esfuerzo, trabajo y dedicación conlleva. No sé hasta qué punto le importa al contribuyente al que el ministro Soria le ha subido un 8% la luz en septiembre que Rajoy inaugure un pantano ya en funcionamiento, o que Sáez de Santamaría se marque unos buenos pases de baile en televisión tras la dura reprimenda del PP al bueno de Miquel Iceta por hacer lo mismo hace apenas unas semanas. También puede que el ruido y el polvo levantados en torno al informe no vinculante de la Unión Europea sobre unos Presupuestos edulcorados no pase del todo desapercibido, o que ahora resulte que el buen amigo y presunto inocente de los populares, el señor Rato, pudo haberse aprovechado de su cargo público como vicepresidente para engordar su ya dilatada cuenta bancaria. Es cierto que todavía me queda mucho por saber de comunicación, pero puede que el gabinete electoral del Partido Popular necesite revisar sus actividades... Aunque tras semejante legislatura, no sé si es buena idea darles un toque de atención o dejarlos tranquilos con sus cosas. No sé.

Lo que sí sé es que figuras emergentes como la de Iglesias o Rivera han devuelto un cierto toque de esperanza e interés por la política a una ciudadanía quemada y cansada de que su voto no valga para nada. Ahora parece que sí lo va a hacer. Ocupe quien ocupe el asiento presidencial a partir de diciembre, de lo que no cabe duda es de que España, más que seguir con esa recuperación económica tan cuestionable y tan cuestionada desde la UE, debería reformar sus propias estructuras y trazar una hoja de ruta completamente distinta. Un país cuya tasa media de paro a lo largo de los últimos veinte años es de un 18% no es un país con futuro ni con un modelo de crecimiento sostenible. Mientras sigamos como hasta ahora y apenas retocando la superficie, seguiremos inmersos en ciclos de endeble bonanza económica acompañados del drama social que nunca ha conseguido desaparecer de nuestras calles. Y para cambiar ese futuro, primero hay que pasar por las urnas. 

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