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El día de algunos

Felipe VI durante el desfile militar de este año / Imagen: EFE 
Referirse a España como un "todo", unido y unitario, entraña un ejercicio de hipocresía cada vez mayor. El día de todos rezan los lemas patrióticos, se exhibe el Rey a quienes los ciudadanos no tienen acceso, pasean y rompen el cielo con estruendo aviones norteamericanos, fuerzas de seguridad esgrimen serio semblante y paso ligero por el Prado. Del pueblo ondean banderas (solo legales, ojo), llueven vítores y aplausos, los niños ven crecer la ilusión orgullosa del sentimiento patrio. Y del otro lado, de esa mayoría silenciosa que no es mayoría para el poderoso, crece la disconformidad y el incomodo de semejante parafernalia protocolaria. 

¿Qué es ser español? me llevo preguntando toda la vida. Qué me diferencia a mí, como ser humano y ciudadano, de otra persona que haya nacido en Francia, China, Portugal o Marruecos. Cierto es que el incipiente choque de nacionalismos fraguado en la periferia peninsular puede tener parte de culpa, pero sigo sin entenderlo. Franco quería y defendía mucho a España y a los españoles (o eso decía), pero solo a los que él llamaba "buenos españoles". ¿Me convierte mi actitud, pasiva y discordante con mis compañeros de pasaporte, en un "mal español"? ¿Acaso existe un código de facto con los valores y deberes que todo ciudadano de bien debe defender, precisamente para lucir, sin el mayor atisbo de vergüenza torera, el orgullo en el recuerdo del olvidado genocidio indígena?  

La razón más clara es también la más sencilla en este caso. Identificarme con ese movimiento sectario que politiza un sentimiento individual, como cabeza crítica y escéptica que soy, no haría sino provocar en mí un notable sonrojo. El sonrojo que no tienen los que, en nombre de España y del bien de los españoles, han pervertido los valores democráticos, inculcado e impuesto el rancio catolicismo patriarcal, difamado y mentido en nombre de víctimas del terrorismo, olvidado y desvalorado a todos aquellos que siguen sin saber en qué fosa común han tirado a sus familiares. Quienes abrieron y desangraron la herida son los que llevan años hablando de no reabrirla, precisamente para no lucir su más profunda vergüenza y complicidad con el totalitarismo del gen nacional. 

No he hablado de desahucios, de señores de negro, de desnutrición infantil ni tampoco de una vergonzosa tasa de paro en el país donde no se habla del paro. Y para qué hacerlo. La inestabilidad institucional, la legitimidad perdida de nuestros líderes y la reiterada disputa por la racionalidad son y han sido tónica habitual del panorama patrio durante siglos. Esa necesaria e insuficiente reforma constitucional de la que tanto se habla últimamente ha de venir acompañada de una reactivación democrática, acompañada por el consenso que parcialmente encontramos impregnados por el miedo y el temor de un nuevo levantamiento militar. Han pasado cuarenta años desde entonces y no hay por qué tener miedo a reinventarse, a romper con lo que a tantos nos avergüenza y a tender esos puentes de diálogo que tan poco desean algunos que se dicen demócratas. Hoy dicen que es Fiesta Nacional y el día de todos, pero no encuentro motivos para sentir orgullo festivo del país de la desvergüenza.

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