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Querida Cataluña

Senyeras ondeando en la manifestación de la Diada de 2014 / AFP
Compartiendo esa sensibilidad y sentimentalismo propio de los nacionalismos periféricos, no pretendo con esta humilde opinión ofender a unos ni tampoco glorificar a otros. En la medida en que mi expresividad argumental lo permita, también evitaré echar mano de la respuesta fácil, conformista e ignorante de un buen sector de la sociedad española, incapaz de comprender qué puede sentir un catalán, un gallego o un vasco cuando le hablan de nación y nacionalidad, términos que, aun perteneciendo a la misma familia léxica, se encuentran en dimensiones notablemente dispares. Es cierto, somos españoles y España es el país en el que vivimos, pero a millones de personas, casi de inmediato, les surge la misma pregunta: ¿Eso es todo?

Pues para muchos sí. Estas próximas semanas asistiremos a un batallón de acusaciones, réplicas, denuncias y emotividades de uno y otro bando. Algo lógico en el preámbulo de cualquier proceso de elección democrático, pero acentuado por un problema tanto comunicativo como conciliador por parte del gobierno central con Cataluña. La presente legislatura, por mucho que ahora traten de maquillar su gestión con aprovechadas y pretenciosas medidas, podría pasar a la historia como la más censora y autoritaria de la presente historia democrática. Un hecho evidenciado, sin ir más lejos, por la aprobación de la Ley de Seguridad Ciudadana con toda la oposición en contra hace unas semanas, o por las reiteradas renuncias a establecer un puente de diálogo con Cataluña, mientras el ex-Ministro de Educación, de actual retiro parisino, enfatizaba la necesidad de "españolizar" a los alumnos catalanes (un mero ejemplo del basto abanico dialectal de los populares, conste).

No obstante, dicha incapacidad comunicativa no puede ensombrecer un problema de facto en el panorama político catalán, culminado por una candidatura tan idílica como ilógica como es la de Junts pel Sí. No es tanto el hecho de que la convivencia de la derecha burguesa catalana, el centroizquierda republicano y el comunismo ecologista no tenga futuro práctico por su propia naturaleza, sino por ese nombre que navega en un irreverente cuarto lugar en las listas, que es el de Artur Mas. Un dirigente político aferrado a la causa independentista como clavo ardiendo, olvidando los deficitarios entresijos de su gestión al frente de la Generalitat, obviando la terrible deuda pública que ha acumulado en su legislatura, condenando al ostracismo a las miles de familias que los Mossos han dejado en la calle en los últimos años, de quienes no puede ni quiere acordarse en un inexistente programa electoral. Nos queda al menos el terrible consuelo de que en el abecedario secesionista ha desaparecido el recurrente "España nos roba", afirmación casposa en tiempos de los Pujol, las cuentas en Suiza y Andorra, o también del reciente y juguetón 3%. 

Después de todas estas líneas, parte de ese intencionado mensaje amistoso con el que arranqué a escribir se ha diluido. Pero quizá no sea fruto exclusivo de mi inmadurez periodística, sino también del contradictorio y mareante panorama social y político en el que nos encontramos, donde en una sola semana una persona puede pasar a ver negro lo que antes era blanco. En cualquier caso, no queda sino encajar la espera electoral con la resignación propia de un problema mal resuelto, cuyo desenlace pudo haber sido mucho menos traumático para el conjunto de Cataluña y de los catalanes. Porque no les quepa la menor duda, estas elecciones dividirán, causarán recelos y vítores, llantos de alegría y rabia, irritabilidad y esperanza. Todo ello a partes iguales, porque en Cataluña, hoy por hoy, no existen las mayorías unilaterales que nos tratan de vender. Ni a favor ni en contra de ese desenlace separatista que ningún otro español podría querer. Porque no nos mintamos más, quien más perdería sin Cataluña, en efecto, sería España.

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