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¿Qué ocurre en Siria?

Un hombre sostiene a su hijo a las puertas de un hospital en Aleppo, una de las ciudades más desgastadas
por la guerra. La fotografía, retrato del horror injustificable, logró el Pulitzer. / AP PHOTO. Manu Brabo
El drama de los refugiados. Así califican a diario los medios de comunicación la inimaginable situación de los centenares de miles de personas que se aventuran rumbo al norte de Europa, una larga y peligrosa travesía de varios miles de kilómetros. Tras cada mirada se encuentra una historia, una vida rota, un futuro incierto. Sus nacionalidades son diversas. Hay afganos, iraquíes, bangladesíes y eritreos, pero, sobre todo, hay sirios. Sirios que huyen de una de las guerras más cruentas, incansables y longevas del siglo XXI, cuyo desarrollo ha convertido al país en un terreno inhóspito, deshecho económica y socialmente. ¿Cómo se ha llegado a una situación de deshumanización semejante? 

Todo tiene sus orígenes en la Primavera Árabe de 2011. Las demandas democráticas del pueblo tunecino se extendieron como la pólvora por otros países circundantes, entre ellos Libia, Egipto y también Siria. Esta revolución, motivada por el desempleo, la inflación de bienes básicos o la escasez de derechos humanos, tuvo diferentes resultados según el territorio, provocando cambios de gobierno en algunos países y fuertes altercados con la población en otros. En este contexto estalló el primer conflicto bélico, el de Libia, que tras la intervención de la OTAN acabó con la larga dictadura de Muamar el Gadafi. Los seis meses que duró la guerra dejaron más de 30 mil muertos y múltiples núcleos urbanos en ruinas. Sin embargo, el caso sirio ha sido diferente. 
Ejército sirio, oposición, milicias kurdas, Estado Islámico,
organizaciones islamistas... Así está Siria.

Siguiendo con la fiebre revolucionaria de la Primavera Árabe, las protestas comenzaron en las grandes ciudades sirias de forma pacífica, pidiendo la renuncia de Bashar al-Assad tras varias décadas de dictadura. La respuesta del gobierno al respecto fue tremendamente desproporcionada, atacando con fuego real a decenas de manifestantes desarmados. La tensión y las protestas fueron en aumento con el paso de los meses, hasta el punto de que los manifestantes, que pasaron a denominarse "rebeldes", comenzaron a armarse en contra del Ejército de Siria. Los frecuentes ataques contra la población civil crearon a su vez discrepancias dentro del propio ejército, por lo que muchos soldados y oficiales pasaron al bando de la población sublevada y formaron el Ejército Libre Sirio. En ese momento, el conflicto pasó de revuelta popular a guerra civil. Los crímenes de guerra y la reiterada violación de los derechos humanos era y es una constante en ambos bandos, incapaces de hallar una tregua o un entendimiento. Una situación agravada todavía más por  la proclamación del califato por parte del Estado Islámico a mediados de 2014, añadiendo a la contienda a la que es la organización terrorista más grande y poderosa económicamente de la actualidad. Casi la mitad del territorio del país está bajo su control a día de hoy, luchando tanto contra los rebeldes como contra el ejército de Bashar al-Assad. Todo ello sin olvidar a las milicias kurdas que resisten en todo el norte del territorio sirio, añadiendo un beligerante más a un conflicto sin control. 

Lo que comenzó como un clamor democrático ha desembocado en una catástrofe humanitaria sin precedentes en Oriente Medio. Un país mermado por una guerra sin frentes, desquebrajándose en multitud de bandos con diferentes propósitos, donde la paz e incluso la tregua parecen haber desaparecido de los diccionarios. El islamismo radical prosigue con su avance simultáneo en Siria y en varios países, internacionalizando un conflicto al que las potencias mundiales no logran poner fin. Las ambiciones geoestratégicas de Rusia chocan con la intención de Obama de derrocar al presidente sirio, alimentando de armas pero no de apoyo directo a unos rebeldes, hoy por hoy, sin causa.

Esto ha ocurrido y sigue ocurriendo en Siria mientras usted lee estas líneas. ¿Conviene pregonar, desde el más profundo e inocente de los desconocimientos, que el obligado exilio de su población supone una amenaza? ¿Debemos sucumbir al discurso xenófobo de que Europa, caracterizada por su hipotética solidaridad y hospitalidad, no es lugar de acogida ante semejantes tragedias? Pensemos y reflexionemos antes de hablar de lo que han vivido estas personas, y echemos la vista atrás para descubrir que, no hace mucho, éramos nosotros los que huíamos de la represión y la tragedia.

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