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Huyendo de las etiquetas


Definir es limitar. Con el paso del tiempo, y siendo consecuente con una lógica e inevitable inmadurez intelectual, pocas realidades me han aportado tanta estabilidad emocional en toda mi vida. Echando un vistazo rápido sobre el mundo que nos rodea, en el que ponerse etiquetas, lejos de ser una moda pasajera, se ha convertido en una conducta perpetuada, abundan los análisis polarizados con diversos tratamientos a un diagnóstico ineludible: el mundo no es todo lo perfecto que debería. Fukuyama habló del fin de la historia, obviando el detalle de que ésta se escribe día tras día, tragedia tras tragedia. Y en un mundo donde el color gris no se contempla es imposible acercarse siquiera a la utópica concepción de sociedad igualitaria.

Un error, extendido entre todo el mundo en el que me incluyo, sigue siendo analizar una sociedad en constante evolución basándose en los cánones y teorías de siglos pasados. Citar a personajes como Adam Smith, Marx, Nietzsche (¡o incluso Keynes!) hoy en día, otorgándoles la razón y legitimidad absolutas (aunque en aspectos puntuales puedan ser pertinentes), no es válido. De hecho, la vieja dicotomía izquierda-derecha, aunque cualquiera pueda intuir a qué se refieren estos términos, ya no debería valer. Quienes se leen a sí mismos como izquierdistas no dudan en congelar pensiones o proponer subidas de impuestos a las clases más desfavorecidas (ejemplo de Podemos, que idealiza un modelo nórdico donde las clases bajas pagan muchos más impuestos que en la España actual). Quienes, por el contrario, hacen gala de un paradójico ideario liberal "propio de derechas", según afirman algunos ilustres, no hacen más que poner restricciones al libre comercio o intentar prohibir el aborto. Por esto, podría llegar a concluirse que, por definición y en la actualidad, la izquierda no defiende a los más desfavorecidos ni la derecha a los más poderosos. Sólo esto explica cómo sindicatos "obreros" como CCOO o UGT estén en el punto de mira por actividad salarial cuanto menos sospechosa, o que figuras como Bill Gates (icono del capitalismo para muchos) no duden en donar cientos de millones de dólares de su propio patrimonio para ayudar a países del Tercer Mundo. Ni los buenos son tan buenos ni los malos (es decir, los ricos) son tan malos.

Aceptando pues que el mundo no se rige solamente por las normas del cara o cruz, las etiquetas son cada vez más innecesarias e improductivas. Por poner un ejemplo, definirse como socialdemócrata te crea, automáticamente, un enemigo: los liberales. ¡Pero esto no es todo! Los que se definen a sí mismos como "marxistas" no están dispuestos a aceptar una actividad económica reformista en el marco del libre mercado, por lo que también arremeterían contra tu socialdemocracia. Es decir, definas como te definas vas a toparte con uno o varios enemigos irreconciliables, imposibilitando así un entendimiento mutuo que pueda acercarnos a la "igualdad". Pero claro, unos dirán (y con parte de razón) que es imposible establecer un diálogo entre explotadores y explotados, entre opresores y oprimidos... Pero, personalmente, me pregunto si la alternativa lógica a un sistema desigual es cambiar de lado las reglas de juego, creando nuevas clases dominantes y nuevas estructuras sociales igualmente injustas... Hasta definiéndote como heterosexual estás limitando un mundo donde el placer debería ser un bien ilimitado (siempre y cuando no cause prejuicio en ninguna de las partes implicadas, obviamente)... ¡Qué estrés!

Llegados a este punto, resulta una obviedad admitir que el progreso económico y tecnológico del pasado siglo no ha venido acompañado, en ningún caso, de un progreso intelectual a la altura de las circunstancias. Hoy tenemos más y mejores cosas en nuestras manos, pero es tal el inmovilismo ideológico que padece la sociedad global que resulta imposible que la humanidad avance decididamente cara una sociedad mejor. Soy consciente de que esta reflexión importará a más bien pocos en su lucha por imponer sus ideas sobre las del resto. Pero, en cualquier caso, como futuro profesional de la comunicación no está en mis manos protagonizar ningún cambio, sino contar la historia que hay detrás de dicho cambio. Ojalá me jubile pudiendo contar a la sociedad cómo ha cambiado todo desde que comencé a escribir. Por el momento, me muestro muy pesimista al respecto. 

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