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Feminismo: Evolución y contradicciones

Cartel feminista en un escrache ante el Ministerio de Sanidad / Foto: Ana Requena 
Comprender la dinámica de los diferentes colectivos sociales es cada vez más difícil. No porque hayan cambiado en exceso en los últimos años, sino por la enorme contradicción y desconocimiento existente al respecto. Vivimos en una sociedad donde no sólo existe heterosexualidad y homosexualidad, ni en la que sólo se puede ser hombre o mujer. Bajo esta premisa, podría parecer lógico que el feminismo reivindicase algo más que los derechos de las mujeres, y en efecto aunase a todas esas "minorías" y visibilizase colectivos oprimidos igualmente. Pero la realidad es diferente, y ese nuevo paso evolutivo del feminismo está distanciando cada vez más a las personas entre sí.

Esto no sucede tanto por su apuesta teórica sino por una práctica en la que, sobre todo, se echa en falta consenso a la hora de identificar el problema y plantear una solución al conflicto que provoca desigualdad. La sociedad española, que es en la que se centra este análisis, ha cambiado notablemente en las últimas cuatro décadas. Los roles de género se han ido diluyendo poco a poco con la paulatina entrada de la mujer en el mercado laboral, así como por el cambio de actitud del hombre en lo que respecta a labores del hogar (algo que, por cierto, todavía no ha llegado a igualarse en ningún caso). Con esto, y a pesar de la todavía existente sociedad patriarcal de fondo y a ciertos prejuicios perpetuados, puede observarse en efecto un cambio plausible en pro de la igualdad entre hombres y mujeres. 

Llegados a este punto, esperanzador en parte, ha surgido un "problema", y es que muchas personas (hombres también) han pasado a definir géneros basándose en la dicotomía de opresor-oprimido, de agresor-víctima, de privilegiado-desvalorado. Esto no viene a significar más que asignar nuevos roles de género, algo contra lo que el feminismo ha estado décadas luchando, pero con el agravante de que se recorren pasos hacia atrás en el camino hacia la igualdad. Una igualdad, según dicen los pensadores de semejante ideario, utópica e irrealizable si no es tomando conciencia de que el hombre, por defecto, es un violador en potencia y un opresor.

Esta visión de la sociedad moderna, vacua e inexacta donde las haya, afronta unos problemas de contradicción a los que sus propios seguidores no consiguen dar explicación. Para empezar, muchos señalan que definiendo a la mujer como víctima potencial está retrocediéndose atrás en el tiempo, en los que el sexo femenino, por su supuesta debilidad física y emocional, debía ser protegido por el masculino. Otro error grave es definir al hombre cis (es decir, a los hombres que se identifican a sí mismos como tal desde que nacen) como el colectivo opresor, cuando cada día vemos que el machismo es un mal imperante en la sociedad en su conjunto. Es sencillo encontrar a mujeres esgrimiendo actitudes machistas e incluso opresoras entre sí con absorta frecuencia, por lo que la asignación de "enemigos" está, en cierto modo, mal enfocada. Además de que estigmatizar a los hombres, por el simple hecho de serlo, no ayuda a que estos tomen conciencia de ese necesario cambio social en favor de la igualdad, e incluso se corre cierto riesgo de retroceder en aquellos pensamientos progresistas ya asentados en la mente de todos.

El fin último de aquel feminismo abanderado por nuestros padres fue el de disolver la desigualdad, fomentando la convivencia y el respeto entre géneros y luchando contra los roles de género. Sin embargo, esta nueva interpretación social afronta un problema de facto a la hora de querer normalizar a las minorías, ya que crea innecesarias tensiones entre las personas ajenas a ese movimiento (con el feminazi como insulto abanderado) y los defensores del mismo. Es más que frecuente ver tediosas discusiones sobre este tema, en ocasiones más entendido como un "a ver quién da más" que como una oportunidad para reunir a más personas en torno al mismo pensamiento. El feminismo, como teoría de praxis urgente, es necesario, y es necesario porque el siguiente paso lógico en la evolución del ser humano está en acabar con la desigualdad social, sin que por razones de género, raza, ideología o religión unos se crean en la potestad de sentirse superiores o discriminar a otras personas. 

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