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Tsipras: Crónica de un fracaso

El ahora ex-primer ministro Alexis Tsipras en el Parlamento Griego / Imagen: El Confidencial
Medio año después de encender la luz de la esperanza entre la población griega, y tras un verano marcado por el corralito, las dimisiones y la tensión interna en Syriza, Tsipras ha dimitido al frente del ejecutivo heleno en una decisión francamente inesperada. Un movimiento concebido por unos como una demostración de creencia y salud democrática, y criticada por otros que tachan al ex-presidente heleno de cobarde, dejando las instituciones y la economía griegas entre una gran incertidumbre hasta la convocatoria de elecciones anticipadas (o formación de nuevo gobierno, algo difícil que suceda). ¿Qué ha sucedido para que esas ganas y esa vitalidad que caracterizaban a Tsipras hayan dado paso al conformismo y la resignación?


Tsipras ha variado notablemente el discurso incendiario y firmemente anti-austero con el que se presentó a las elecciones de enero de este mismo año. En el programa electoral de Syriza, una agrupación política compuesta por 13 formaciones de izquierdas con más de una década de vida, destacaban medidas como por ejemplo la auditoría pública de la deuda griega, subir el salario mínimo interprofesional a los 751 euros, nacionalización de bancos y otros sectores clave, salir de la OTAN o bajar drásticamente el gasto militar, en un país cuya posición geoestratégica es una de las más importantes de todo el Mediterráneo. Varios meses más tarde, toda esa retórica rupturista y ese discurso firme en contra de la Troika y de las instituciones europeas se ha disuelto en el olvido, tanto como el referéndum convocado a principios de julio y en el que más de un 60% de los griegos votó en contra del acuerdo que finalmente se alcanzó para un tercer rescate. 


Yanis Varoufakis tensó las negociaciones
con el Eurogrupo / Neoskosmos
Nada más llegar al poder, y tras pactar con un partido nacionalista de derechas para formar gobierno, Tsipras no tardó en ponerse manos a la obra para reiniciar las conversaciones con el Eurogrupo. El primero de los escollos se resolvió rápidamente y Grecia pudo prorrogar la financiación europea hasta el 30 de junio. Sin embargo, desde el primer momento en que Varoufakis, el carismático y polémico ex-ministro de finanzas griego, puso un pie en Bruselas, Alemania, Merkel y sobre todo Schäuble adoptaron una posición inmovilista y profundamente restrictiva con las pretensiones de Grecia. La actitud de Varoufakis, chulesca y engreída, no sentó bien entre sus compañeros del Eurogrupo (al parecer, evidenciaba que sabía más de economía que el resto), que con el paso de los meses se plantaron frente a Tsipras: "Si quieres que sigamos negociando, va a tener que ser con Varoufakis fuera de primera línea". Dicho y hecho. Con el paso del tiempo, las intervenciones y declaraciones polémicas del ministro pasaron a un segundo plano, y tras la última e infructuosa cumbre con el Eurogrupo del 30 de junio, Varoufakis anunciaba su dimisión acusando a las instituciones europeas de practicar terrorismo financiero con Grecia. 

Además, no puede obviarse la oposición incipiente a Tsipras dentro del propio seno de Syriza, encabezada por dos nombres propios: Panagiotis Lafazanis (Ministro de Energía) y Zoi Konstantopoulou (Presidenta del Parlamento griego). El primero de ellos, imagen del ala izquierdista más radical del partido, dimitió al frente de su cargo el pasado 17 de julio tras no aceptar el comportamiento de Grecia en Europa. Zoi, por su parte, no dejó de censurar reiteradamente en el parlamento la actitud de Tsipras, por su debilidad y falta de determinación en las negociaciones de Bruselas (a pesar de ello, la relación personal entre ambos siempre ha sido cordial). Tras alcanzar un acuerdo definitivo con la Troika, que no variaba un ápice los principios austeros que lo caracterizaban desde un principio, casi un tercio de los diputados de Syriza se plantó en contra del primer ministro. Estos mismos diputados, tras el anuncio de su dimisión el pasado jueves, formaron un nuevo partido de Unidad Popular, con el ex-ministro Lafazanis a la cabeza, que se ha convertido automáticamente en tercera fuerza política de Grecia. Su determinación es total de cara a las próximas elecciones, comprometiéndose, en primer lugar, a dar por inválido el acuerdo por el tercer rescate y volver al dracma si fuese necesario, algo que Tsipras ha evitado a toda costa hasta el día de hoy. Varoufakis, que ha acusado a Syriza de haber traicionado a los ciudadanos griegos, todavía no ha aclarado a quién apoyará en las más que previsibles elecciones anticipadas del próximo mes de septiembre. 

Tras haber llegado al cargo entre promesas irrealizables y causas justas, Tsipras no se encuentra en desventaja respecto a las elecciones de enero. Con el paso del tiempo, ha ido atrayendo el voto más moderado de la sociedad griega, robándole gran parte de su electorado al PASOK en un discurso que, hoy por hoy, podría calificarse de centro nacionalista europeísta. Tsipras identificó a los diputados de Syriza decepcionados con su gestión como traidores, alejándolo cada vez más de la vertiente izquierdista y de las creencias que lo llevaron a liderar el partido en 2009. Haciendo un balance de sus meses al frente del ejecutivo, sólo podemos encontrar intenciones frustradas, pensamientos oscilantes y una situación insostenible para la ciudadanía helena. El único "logro" conseguido ha sido ampliar la financiación de los 7.200 a los 86.000 millones de euros que supondrá el tercer rescate, que irá sobre todo a reavivar la banca y a pagar los préstamos pendientes, con medidas todavía más austeras y más contundentes sobre la ciudadanía griega. Europa ha ganado, de momento, el pulso a un pequeño país que veía en Tsipras al adalid de su recuperación, y seis meses más tarde se encuentra en un punto todavía más impredecible y complicado. Tsipras ha perdido, pero quien no ha dejado de perder desde el comienzo de la crisis es la población griega. 

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