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Sin papeles, sin memoria

Una refugiada siria sostiene a su hija en la frontera con Grecia / Imagen: eldiario.es
Armados de paciencia, con la corazonada de recorrer un camino con recompensa, con la sencilla intencionalidad de olvidar, de dejar atrás realidades que al otro lado de las vallas ni nos imaginamos. Así, día tras día, el drama del refugiado se repite en la frontera del Occidente progresista, democrático y de las libertades. Son cientos de miles, diciendo adiós al terror, a las noches en vela, en búsqueda de un futuro ajeno al sufrimiento. Y desde el otro lado del muro invisible, desde el cómodo sillón de la Europa decadente, tildamos su esperanza de egoísmo, sus ganas de vivir de criminalidad y su existencia de problema. 


Europa no puede seguir viviendo al margen del mayor éxodo desde finales de la II Guerra Mundial, ni tampoco pensar que el problema puede alcanzar soluciones por sí solo. Cada mes que pasa, lejos de aprovisionar de ayuda humanitaria a las zonas fronterizas, se levantan más vallas y se extrema la seguridad contra personas que, hartas de caminar, navegar y de recorrer miles de kilómetros, lo último en lo que pueden pensar es en responder con violencia a nuestro rechazo. Un Mediterráneo sembrado de cadáveres, antidisturbios que cargan incluso contra niños pequeños, políticos que llaman "plaga" a quienes huyen de guerras financiadas por ellos mismos. Y de fondo, un fantasma xenófobo que vuelve a navegar por tierras germanas, como una sombra inconsciente del pasado más turbio de un país que ha recibido más de 800.000 peticiones de asilo este año, y que promete echar próximamente a quienes no tengan sus papeles en orden.

No son inmigrantes en busca de trabajo (los cuales, por cierto, son igualmente necesarios), sino poblaciones enteras movilizadas por países enfrascados en el fracaso de la diplomacia y la cordura, donde la anarquía reina en calles carentes del color de antaño. No vienen a reventar nuestro sistema sanitario ni educativo, ni tampoco a promover la criminalidad que precisamente dejan atrás. Vienen del África subsahariana, del Magreb, de Siria, de Afganistán, de Iraq, de Pakistán. Lugares escasamente propicios para el bienestar social. Oyen hablar de la Unión Europea, del viejo continente, de la tierra de las democracias y las oportunidades, y no dudan en agolparse en una balsa hinchable sin motor y hacerse a la mar desde las costas turcas, con rumbo a una Grecia incapaz de hacer frente a los cientos de refugiados que desembarcan a diario en sus islas, 20.000 desde comienzos de Agosto. Italia, otro destino frecuente desde costas libias, se ve desbordada y sola en el rescate marítimo, donde miles de vidas se han hundido en la triste calma de la resignación. Europa y sus líderes, por su parte, miran a otra lado.

Muchos son los ciudadanos europeos que, fruto de una eterna crisis económica y social, se unen a ese discurso racista del odio, del injustificado rechazo a quienes no buscan hacer mal, sino simplemente vivir. La vieja solidaridad europea se pierde haciéndose la sorda en Grecia, levantando barricadas y disparando gases lacrimógenos en Macedonia, poniendo cuchillas en las vallas fronterizas de Melilla. Y con ello olvidan a quienes emigraron hacia América en los años 20, a quienes se desperdigaron por Europa Central en los 60, a los cientos de jóvenes promesas que ponen rumbo a Brasil, China o a Australia, dejando atrás ese viejo continente que, por viejo y retrógrado, cada vez se pierde más a sí mismo entre el odio y la deshumanización de su sociedad. 

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