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El problema del drama romántico de hoy

¿Veis alguna diferencia entre los carteles? En efecto. No hay ninguna.
El drama romántico es un género chirriante, que año tras año sigue moviendo a grandes masas de audiencias juveniles a acudir al cine con la correspondiente caja de pañuelos bajo el brazo. Mediante cuestionables adaptaciones de más que cuestionables obras literarias, la fórmula sigue alimentándose, sin que ningún director ni creativo se atreva a remover y virar decididamente el rumbo de un género condenado a la irrelevancia. La pregunta, en este sentido, es clara: ¿qué tienen estas películas de "amor" para no cansar nunca a los más jóvenes (y a algunos mayores, dicho sea de paso)?


En primer lugar, es imposible explicar este fenómeno cinematográfico sin el éxito literario que alaban a estas producciones, encabezadas por un nombre propio: Nicholas Sparks. Probablemente uno de los escritores más rutinarios y reincidentes de nuestra época, cada libro suyo es sinónimo de bestseller, colocándose siempre en las listas de los más vendidos durante varios meses y en multitud de países. Junto a él, otros literatos como Federico Moccia o, en mucha menor medida, John Green (al menos, éste sí es algo más original), alimentan año tras año a las editoriales y, casi con inmediatez, sus obras no tardan en trasladarse a la gran pantalla. Si bien nunca son "taquillazos" como tal (cada película cuesta entre 15 y 20 millones, recaudando 70 normalmente), consiguen suficientes alicientes como para creer encarecidamente que la propuesta puede seguir explotándose sin control.


El Diario de Noa recondujo el género con acierto, pero sentó un precedente
del que ahora no somos capaces de salir.
El precursor de este aluvión de dramas irreverentes fue la misma película que salvó al género del olvido irremediable: El Diario de Noa (de Nicholas Sparks también). A pesar de contar con una trama muy predecible, estaba muy bien dirigida y encabezada por una de las parejas con mayor química en pantalla de estos últimos años: Rachel McAdams y Ryan GoslingLa película llevó a cada uno por rumbos artísticos muy diferentes, pero sirvió para que los adolescentes de la época de cuando aún se enviaban mensajes de texto tuviesen una razón para creer en las historias de amor idílicas. 

Sin embargo, y a pesar de que en sí misma no es ni mucho menos una mala película, El Diario de Noa redujo drásticamente la capacidad creativa del drama romántico, limitándolo a unos mecanismos que, una década después de su estreno, siguen siendo rutinarios en el género. Las moralejas, los temas tratados (el destino, el paso del tiempo, la tragedia), los protagonistas, la estructura argumental, todo se mantiene inalterable, con un trasfondo vacuo que no enriquece sino enrarece a una variedad dramática por sí sola muy entrañable. Y es que, si nos paramos a pensar un poco, cualquiera podría hacer una película de este tipo: chico (alto, muy guapo, irradiando masculinidad, pelo corto, blanco) conoce a chica (estatura media, muy guapa, rubia a poder ser, sensible, pelo largo, blanca). De un modo tan irremediable como en ocasiones inexplicable, se enamoran (miradas pseudo-cómplices, frases a medio terminar, sonrisas, en ocasiones celos sin sentido). Sin embargo, cuando parece que ¡por fin! pueden vivir su amor sin barreras, límites ni complicaciones, sucede un contratiempo que los separa (el chico se va a la guerra, la chica a la universidad). Por mucho que pase el tiempo, no se olvidan el uno del otro, y uno de ambos se topa con un suceso (en muchos casos, en forma de carta) que lo motiva a volver junto al amor de su vida. Dependiendo del drama, el regreso puede ser más o menos fructífero, pero el desenlace nunca es trágico. En medio del nudo, sí es cierto que sucede una tragedia (alguien muere, normalmente el padre), que marcará por un tiempo a cualquiera de los protagonistas. Ale. Ya os he contado más de la mitad de las películas de Sparks en un puñado de líneas.


Bajo la misma estrella basó su éxito en supuestos trágicos que, aun
siendo excepcionales, no eran del todo inverosímiles.
El mayor problema de estas películas, entonces, ¿cuál es? Pues la respuesta es muy sencilla: traicionar las expectativas y anhelos románticos de sus audiencias en torno a situaciones excepcionales, que poco o nada tienen que ver con la vida real y con los problemas de las relaciones cotidianas. ¿Acaso las relaciones tienen todas el mismo "modus operandi" (antes, durante y después), y acaso todas están avocadas a un final feliz? Por supuesto que no. Apuesto a que pocos o muy pocos de nosotros hemos conocido a nuestra pareja en una playa, en uno de esos crepúsculos veraniegos con filtros de Instagram y armados con el valor suficiente como para pedir un número de teléfono. Es posible que lo que yo relaciono con un problema, muchos lo vean como una ventaja, empleando este tipo de películas para desconectar de una realidad con la que prefieren no sentirse identificados. Una opinión que, siendo como es de respetable, no respalda ni justifica un género que, hoy por hoy, se retroalimenta a base de tópicos explotados hasta la saciedad y audiencias ingenuas de ver algo nuevo en sus pantallas. Y es una pena, porque las pocas películas que sí han conseguido desmarcarse de estos parámetros prefijados (Match Point, Her, Amor o La Vida de Adèle, por poner algunos ejemplos recientes) se han convertido en auténticas obras para el recuerdo. 

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