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"A otra cosa, mariposa"

Lo siento, Espe, pero había que encabezar el artículo de algún modo / Imagen: eldiario.es
No me gusta la televisión. Cierto es que, soltar algo así con un posible futuro laboral en el sector, puede resultar un poco incongruente. Pero no me gusta la televisión. Aborrezco que un afán informativo me lleve a poner día tras día los telediarios, a seguir la actualidad en los programas matinales de cadenas privadas, a presenciar tertulias nocturnas de signo político adverso con la única y exclusiva intención de valorar el punto de vista contrario. Cuando esa misma televisión viene cargada de contenido incendiario, lleno de tramas de corrupción, de mentiras y de "malditas hemerotecas", entonces me gusta todavía menos. Porque noto cómo una plataforma que debería ser concebida como el vehículo ideal de la información democratizada, sólo es quien de alimentar a sus audiencias a base de programas de salseo y realities guionizados. Cómo va España le puede importar a todo el mundo, menos a los españoles.

Y sí, es posible que afirmar algo así con rotundidad y globalidad sea impreciso, pero el borreguismo que se ha instalado en un público convertido en autómata me preocupa. En una sola semana hemos escuchado repetidas veces en los medios el nombre de Granados, Bárcenas, De Pedro, Soria, Wert, Rato o Fernández Díaz, y seguramente el ciudadano medio desconozca la mayoría de estos nombres. Hemos hasta presenciado cómo un tertuliano le quitaba leña al asunto del escándalo de la ropa para los pobres de Moraleja de Enmedio, argumentando que "apenas eran 40.000 euros" lo que costó la operación. A tal punto hemos llegado de impunidad jurídica que esta se ha traducido en impunidad social. Vemos al gobierno como ese hijo travieso que de vez en cuando hace alguna trastada, pero que algún día por arte de magia cambiará.

Este pensamiento pasivo es lo que explica que una aparente (y sobre todo, ligera) recuperación económica haya convencido y hecho olvidar de nuevo a los españoles. Quien haya encontrado trabajo después de varios meses (o años) en la cola del INEM en seguida se olvidará de los corruptos, de los miles de millones perdidos año tras año en fraudes fiscales, de esas dos millones de personas que no reciben ningún tipo de prestación por desempleo. "¿Qué me importará a mí eso, cuando yo ya tengo trabajo?", pensarán. Da igual cómo sea, si de un par de semanas, indefinido o de formación, lo importante es que el trabajo ha vuelto a algunas casas. Cómo vaya el mundo más allá de nuestra cuenta bancaria nos deja de importar en ese momento.

Ojalá despertásemos. Ojalá el escarmiento fuese mayor que quitar un par de alcaldías y comunidades. Nos han recortado libertades (Ley Mordaza), han zarandeado los pilares estudiantiles (Ley Wert), han pervertido las cuentas públicas (Púnica, Gürtel, los Ere), se pavonean en coches oficiales (Pequeño Nicolás), privatizan hospitales, restringen medicamentos, dejan a familias en la calle, esconden el dinero de los preferentistas, montan fiestas con el dinero del contribuyente, se retiran en consejos de administración en las eléctricas o de embajadores por París, colocan a amigos y familiares en puestos de relevancia, falsean los datos del déficit, se fabrican sus propias tarjetas bancarias para sacar dinero sin límites. Roban, mienten y pervierten la democracia. Pero, ¿qué me importará a mí todo eso, si son esos mismos quienes supuestamente me garantizan trabajo el día de mañana? Pues como diría Esperanza, "a otra cosa mariposa", España, que así nos va.

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