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La hipocresía patriótica frente a la secesión

Guardiola y Raúl celebran un tanto de la Selección Española / Fuente: Libertad Digital
Entender a los nacionalismos periféricos ha sido y es una de las asignaturas pendientes que han mantenido los gobiernos centrales de España a lo largo de su historia. La que ya puede ser considerada como "problemática" catalana ha traspasado cualquier horizonte, y desde la Moncloa parecen no querer poner el fin que realmente necesita. Cada "no" de Rajoy es un voto más a favor del "sí" a la independencia, en un proceso que, si bien parecía haber caído un poco en una debacle desde el 9-N, no ha parado de ser noticia desde comienzos de este verano. Y si a esa batalla dialéctica le añades el nombre de un personaje tan irremediablemente amado por los catalanes como es Josep Guardiola, entonces sí que la hemos armado.

Guardiola siempre ha manifestado abiertamente sus colores, sus filias y sus deseos acerca del futuro de Cataluña. Conscientes de ello fueron los seleccionadores que, a sabiendas de su más que cuestionable sentimiento patriótico, le dieron los galones para vestir la Roja hasta en 47 ocasiones, lo que le permitió participar en un Mundial y una Eurocopa. Paralelamente a este hecho, compartido por multitud de deportistas catalanes en todos los ámbitos deportivos, el ex-entrenador y ex-jugador del Barcelona siempre ha mostrado y apoyado esa idea de una Cataluña independiente, una nación que por cultura, lengua e historia considera ajena al resto del territorio nacional. Estando o no a favor de este pensamiento, no puede sorprender a nadie que su nombre haya parecido en último lugar en las listas de Mas y Junqueras a las elecciones catalanas, hecho no más que anecdótico y que ha levantado más poros de los que cabría esperar.

En la barra de un bar, todo hijo de vecino tiene derecho a decir lo que le plazca y cómo le plazca. Pero cuando un Ministro del Interior insulta en radio a un ciudadano por su voluntad de incurrir a unas elecciones, la cosa coge un tinte diferente. Guardiola no es ni será el único deportista interesado por la política, y en este sentido hasta podría decirse que el Partido Popular gana a todos por goleada. Un nombramiento más honorífico que utilitario ha hecho proliferar las fobias del ministro, que no son otras que las de toda esa plana mayor del gobierno que ven a Cataluña como la oveja descarriada que prefieren ver a lo lejos, pero cerca. Y en este caso, lo de Guardiola es apenas una ejemplificación de toda esa dialéctica patriótica incapaz de aceptar nacionalidades complementarias a la española.

En cualquier caso, el escenario político catalán dista mucho de ser siquiera comprensible, algo fácilmente demostrable con el pacto de dos formaciones ideológicamente tan opuestas como CiU y ERC. Quizá desde el gobierno deberían plantearse el poder real y futuro de trazar una hoja de ruta tan decidida hacia la independencia, y no soltar improperios hacia la candidatura de un ciudadano cuyo valor no va más allá de la mera simbología catalanista. Todavía quedan dos largos meses hasta el tan incógnito 27-S, y tender puentes de diálogo para negociar el futuro de millones de catalanes es la última de las prioridades del gobierno español. Cataluña no ha dejado nunca de ser España, pero tanta pasividad y despreocupación están lapidando esa afirmación cada vez más. 

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