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Encasquillados

Pablo Iglesias, en un discurso en el Foro por el Cambio de Podemos / Deia
Históricamente, España ha sido un país bastante moderado. Ninguna de las grandes revoluciones europeas llegó a calar dentro de una población española excesivamente conformista, apática, que siempre ha preferido vivir encerrada en sí misma y en sus tradicionalismos antes que caminar decididamente hacia el progreso. En el tortuoso camino que ha desembocado en una democracia imperfecta, tras dos siglos de inestabilidad, el país parecía por fin decidido a dar un cambio tras atravesar una de las crisis más profundas de su tiempo. Y Podemos, que era el idílico candidato para liderar ese giro de tuerca, vive ahogado por una cada vez mayor fuga de argumentos ante la aparente mejoría de nuestra situación. 

Las encuestas revelan que a los españoles la corrupción les preocupa poco, o, más bien, les preocupa sólo cuando a ellos les va mal. Sólo esto puede explicar que los ciudadanos, con casos como el de Bárcenas o la trama Púnica, que este verano están a la orden del día, hayan renovado su fe en el proyecto de Estado que propone el Partido Popular. Ni siquiera una de las legislaturas más autoritarias de las democracias europeas como ha sido la de Mariano Rajoy han dado un golpe de efecto claro a favor del cambio. Y es que Podemos ha pasado de ser primera fuerza a comienzos de año, con más de un 25% del electorado a su favor, a disputarse con Ciudadanos el tercer escalón del podio, precisamente porque una de sus principales bazas, la de la corrupción de la "casta", ha perdido importancia a ojos de su audiencia. 

Además, parece que van a ser Iglesias y compañía quienes dependan de Pedro Sánchez, y no al revés, para lograr un asiento en la Moncloa. Si bien es cierto que el bipartidismo ha desaparecido tal y como lo conocíamos anteriormente, sigue siendo abismal la hegemonía popular y socialista respecto a la de sus dos competidores, fruto de su poder autonómico y local. En este panorama, en el que pase lo que pase no existirán mayorías, se plantea un juego de pactos en el que Podemos partía con fuerza y está llegando exhausto a la línea de meta. Un cansancio que se acentúa todavía más por los conflictos internos, fruto de unos procesos bastante cuestionables en un partido que, diga lo que diga, tiene una estructura de mando estrictamente jerarquizada. A esto habría que sumarle los últimos acontecimientos en Grecia, cuyo gobierno ha sido avalado por Pablo Iglesias y que ha atravesado algunas de sus horas más críticas en las últimas semanas. Fruto o no de la gestión de Tsipras, es indudable que entre muchos españoles sobrevuela el miedo a que, de llegar Podemos al poder, se pueda vivir una situación semejante a la helena. 

Podemos está pagando las consecuencias de no saber adaptar su discurso a los acontecimientos. Pase lo que pase, ver hablar a cualquiera de los integrantes de la formación asemeja cada vez más a hablar con un ordenador, que repite una y otra vez las mismas cosas y elude tantas otras. Las distancias que ha tomado el PSOE con el PP, lejos de hacerle bien alguno a Iglesias y compañía, han supuesto una nueva fuga de votantes de la cual Iglesias pretende huir volviendo a sus debates más rupturistas del pasado. De nuevo vuelve a hablarse de la renegociación de la deuda o de plantear un nuevo modelo de estado. La falta de simpatía con los nacionalismos del norte y de Cataluña, la campaña electoral del PP en forma de crecimiento económico y menor número de parados, junto con la posición más centrista de Pedro Sánchez, han hecho que Pablo Iglesias y su equipo se hayan quedado en un punto muerto del que les está costando mucho salir. De aquí a noviembre queda mucha campaña todavía, pero es difícil presagiar que Podemos pueda recuperar ese enorme apoyo popular que el curso natural de las cosas parece que le ha arrebatado.

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