Quizá te interese:

Crítica Star Wars: El despertar de la Fuerza

Hay una célebre premisa cinematográfica perpetuada con el paso de los años: " Si algo funciona, no lo toques ". Yo eso lo comple...

Psicologías de cine

El Maquinista (2004)

La mente humana es un curioso rompecabezas de varios niveles de profundidad, a menudo impenetrables en nuestra vida cotidiana. Forman una coraza vestida de disfraz que nos protege del mundo exterior, alejándonos de la desnudez social que supondría el vivir sin máscaras. A pesar de que el cine no sea herramienta suficiente para lapidar nuestra falsa libertad, sí es cierto que, a lo largo de la historia fílmica, diversas producciones han conseguido entablar un diálogo con nuestro "yo interior" bastante convincente. Algunas incluso se han adueñado de él perforando varias capas de eso que llamamos conciencia. Porque el cine es más que unos focos, un guión y varias caras bonitas. Es retrato de la complejidad del intelecto humano, es perversión y es maldad.

Existen pocas películas bélicas, aún a día de hoy, capaces de retratar con sentido lo que en verdad representa la guerra. Muchas permanecen enzarzadas en los tiroteos, las masacres y las causas justas, viven polarizadas entre el bien y el mal, sin plantear un debate interno consistente o verosímil. Coppola no quiso hacer una película espectacular sobre la guerra de Vietnam, ni retratar la contienda como un acontecimiento digno de la retina histórica estadounidense. No enfocó su debate en ninguno de los dos bandos implicados, sino que siguió la vida de un soldado que se iba perdiendo a sí mismo a medida que avanzaba por la selva. Y ese fue su mayor acierto. En una misión secreta, por la cual no sería condecorado ni tan siquiera reconocido, Martin Sheen se adentró en el interior de la guerra para acabar con la vida de un coronel renegado. La búsqueda de su objetivo acabaría con su cordura, perdido entre unos ríos de balas y litros de napalm cuya presencia estaba justificada como hilo conductor de su locura. Y con la mano diestra de Coppola como director de orquesta, el resultado fue uno de los retratos psicológicos sobre el horror de la guerra más brillantes que se recuerdan. 

Rompiendo un poco con la cierta retórica perversa que estaba gobernando el artículo, "El Show de Truman" es un pequeño diamante en bruto que merece ser alabado por su concepción y desarrollo. En uno de los pocos papeles dignos en la prolífica trayectoria de Jim Carrey, éste interpreta a un joven ajeno de la realidad que lo estaba gobernando. Desde que llegó al mundo, Truman vive en medio de un show televisivo, en una dimensión gigantesca del reality show, y toda América contempla a lo largo de los años cómo crece, madura y progresa... Menos él mismo. Todo lo que le rodea, personas, familiares, quehaceres y metas vitales, todo es una mentira televisiva. El interés emocional de este trabajo de Peter Weir radica en ese rupturismo frente a la presunta realidad, a veces ingobernable, otras simplemente inexistente, en la que vivía el protagonista y que podría afectarnos a todos por igual. Además, el tono humorístico y "simpático" sobre el que navega esta película acrecientan su valor de por sí incalculable. 

Pocas personas se acuerdan de "Memento" a la hora de alabar a un director contemporáneo tan brillante como Christopher Nolan. Y este hecho es sorprendente, puesto que se trata de su película más redonda con diferencia. En el mundo narrativo, tanto cinematográfico como literario, las historias paralelas siempre son las más complicadas de contar. En este caso, el desarrollo de "Memento" avanza en dos sentidos contrapuestos, desde el comienzo hasta el final de la historia y viceversa. La película se desarrolla de manera diacrónica desde el punto de vista de un detective incapaz de archivar los acontecimientos recientes en su memoria, lo que es un auténtico inconveniente de cara a resolver el asesinato de su mujer. Mediante la reconstrucción de los hechos, contando con dos perspectivas diferentes, Nolan tiende la mano al espectador para que resuelva él mismo un rompecabezas que escapa al conocimiento del protagonista. Nos invita a ir un paso más allá que él, quien se ve obligado a tatuarse en cada rincón de su cuerpo los datos más relevantes de la investigación. "Memento" es brillante no por su argumento, el cual no sale de unas líneas bastante delimitadas, sino por la forma en que utiliza las perspectivas y los puntos de vista de sus personajes para dar forma a un relato cuya concepción es inmejorable. 

Hablar de "Se7en" son palabras mayores en muchos aspectos. No sólo por ser la obra más relevante de la filmografía de David Fincher, sino porque seguramente sea el mejor y más perfecto thriller de la historia cinematográfica. La ciudad monótona, oscura, ruidosa, húmeda y deprimente dotaban de un trasfondo ideal a la investigación policíaca, dirigida por dos portentos como Morgan Freeman y un por aquel entonces joven Brad Pitt. Uno complementaba al otro, tanto a nivel profesional como en las psicologías internas de cada uno de ellos. Inmersos en la investigación de un asesino en serie, valedor de simbología eclesiástica y "purgador de la humanidad", ambos policías llegarían al límite de la decencia y la cordura. "Se7en" no busca la acción, ni el suspense propiamente dicho, sino construir un fino hilo chirriante entre el espectador y los protagonistas. Un hilo frío, tenso, molesto, capaz de sumergirnos a la perfección en esa ciudad malvada. Todo ello no sería posible sin la figura final de un Kevin Spacey al que pocos, o más bien ningún actor consigue igualar en cuanto a presencia en pantalla. Su mirada, su gestualidad física y facial... Cualquier mínimo movimiento de Spacey provocaba al espectador y le retaba en ese pulso que mantenía a su vez con los detectives. Algo que, en definitiva, tenéis que ver por vosotros mismos. Pocas películas son indispensables en esta vida, y "Se7en" es una de ellas.

De entrada, conviene matizar que David Lynch no es un director apto para todos los públicos. No sólo por el marcado carácter onírico de todas sus obras, sino más bien por esa fría sensación de vacío que deja en el cuerpo la visualización de cada una de ellas. Y a pesar de contar con películas bastante mejores, como "Terciopelo Azul" o "El Hombre Elefante", "Mulholland Drive" es la más retorcida y extraña de todas ellas. Además de jugar continuamente con las opiniones y pensamientos del propio espectador, argumentalmente se desarrolla desde una aparente desorganización, sin una secuencia lógica de escenas ni de diálogos. Esto provoca que, en efecto, durante las dos primeras horas de visualización todo sea un "aparente" sinsentido, aspecto que muchos espectadores pueden no soportar (y con razón) y por lo que esta película se ha llevado opiniones tan dispares las unas de las otras. Sin embargo, sus últimos veinte minutos sumergen el ambiente en una deforestación mental en toda regla, lapidando las pretensiones del espectador y solapando sobre ellas pedazos de credulidad inteligentemente orquestados. En apenas un par de escenas todo cobra significado, y con los títulos de crédito se abre un debate propio acerca de la realidad de esta película. Una reflexión a la que, personalmente, ninguna otra producción ha conseguido llevarme en toda mi vida. Varias horas después, conseguí que esa perversa e irreal vorágine de acontecimientos tuviese sentido en mi cabeza. Y ese momento, en el que un rayo parece atravesar cada rincón de tu mente y dando luz entre las sombras de sus profundidades... Ese momento fue increíble, una maravilla. No podría recomendar "Mulholland Drive" a todo el mundo, pero sí a todos aquellos a los que les guste que una película juegue con sus pensamientos y emociones.

0 comentarios :

Publicar un comentario