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Del ostracismo a la dignidad

Guillermo Zapata / Fuente: eldiario.es
Este no es un artículo atacando a Guillermo Zapata, ni tampoco una opinión defendiendo al ahora ex-concejal de cultura de Ahora Madrid. Sin embargo, su dimisión, tomada con relativa celeridad tras el escándalo de Twitter, sí que invita a un debate y a una reflexión muy clara: cuáles son los límites del humor en la red y hasta qué punto la gente puede usar una etapa del pasado olvidado como arma arrojadiza en política.

Los insultos han sido numerosos. De hecho, hasta el presunto sindicato Manos Limpias, que ya ha interpuesto la denuncia de turno, le ha atribuido a Zapata delitos entre los cuáles destaca el de "genocidio". Y sigue resultando curioso cómo los políticos, tertulianos y ciudadanos salen escandalizados por tres chistes de mal gusto, fijados dentro de un contexto concreto, antes que por aquellos que en verdad representan esos valores. Hoy en día toca más las pelotas hacer escarnio del Holocausto que defender el Holocausto en sí. La era del Internet y de la pasividad mental, supongo.

Cierto es que la gracia del humor negro, uno de los más polarizados que existen, siempre debe fijarse dentro de un contexto común entre emisor y receptor de esa información. De otra forma, en ausencia de contexto, la intencionalidad del mensaje podría perderse o incluso transformarse por completo, que es justo lo que le ha pasado a Zapata. Sus tweets, a pesar de ir entrecomillados, han levantado asperezas y acusaciones de todo tipo. Las explicaciones políticas no tardaron en exigirse y, aunque Esperanza Aguirre ya se relamía ante su primera oportunidad de atacar al nuevo gobierno madrileño, Manuela Carmena actuó rápido y con efectividad. Apenas 48 horas después de salir a la luz esos tweets de 2011, Zapata ya había dimitido.

Con esta decisión, que honra y legitima a la formación de Ahora Madrid, debería abrirse paralelamente un debate acerca de los límites del humor (si es que pueden establecerse) y el criterio para exigir dimisiones. Cierto es que lo de Zapata, cuatro años más tarde y sin contexto, mucha gracia no hacía. Pero tampoco hacen gracia las imágenes de orgullosos miembros de las Nuevas Generaciones del Partido Popular hondeando una bandera franquista o haciendo el tierno saludo fascista de turno, por ejemplo. O que ex-ministros del PP comparen a Pablo Iglesias con Hitler, por ejemplo. O que un representante público como Andrea Fabra pueda decir "que se jodan" a los parados en el Congreso y que luego no pase nada, por ejemplo.

En el caso del humorista frustrado, su intencionalidad no es hacer apología de aquello que está citando, sino reírse de una realidad social de la que, como ciudadano, todo el mundo debería arrepentirse. En el caso de otros neonazis, fascistas y nostálgicos de la dictadura, la gente seguirá haciendo la vista gorda ante grandilocuentes exaltaciones del totalitarismo y el horror del siglo XX. Pero ya saben. Es preferible condenar tres chistes de hace cuatro años que perseguir y condenar el antisemitismo y la xenofobia reales. En cualquier caso, hay que reconocer a uno de los pocos personajes públicos que no han tenido apego a su cargo y han hecho valer la opinión de los ciudadanos. Otros partidos podían tomar nota. Aunque pensándolo bien, si todo el mundo que tiene motivos para dimitir lo hiciese, España se quedaría sin políticos en un minuto. 

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