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Y seguirá saliendo el sol

Playa de Omaha, en Normandía, el 6 de junio de 1944. La internada conjunta de americanos, canadienses y británicos
por Francia fue uno de los puntos clave de la liberación europea y la posterior capitulación alemana.
Lo más gracioso que he podido escuchar acerca de la historia es que "memorizar fechas no va a ayudarme en mi día a día". Como tantas otras asignaturas, como filosofía o literatura, son muchas las personas que reniegan en sus etapas más tempranas del conocimiento de su pasado. De aquellos acontecimientos que, a decir verdad, han desembocado en el mundo presente. Y hoy, sábado del 2 de mayo, muchas personas se levantarán resacosas de la noche del viernes y pensarán que este es un día más, ignorando que hace setenta años el mundo habría cambiado para siempre.

Aun habiendo pasado tantas décadas, plagadas de adaptaciones fílmicas de grandes batallas y con decenas de miles de obras literarias en las bibliotecas, la historia de la II Guerra Mundial sigue escondiendo en su haber enigmas que todavía perduran. Enigmas relacionados, sobretodo, con los quizás, con las hipótesis, con los "menos mal". En una guerra que segó la vida de 63 millones de personas, que dejó sin hogar a otra decena de millones y que obligó a reestructurar el grueso de la economía mundial, son pequeños detalles los que cambian la balanza. Ganar o perder son extremos que están más cerca de lo que a veces se piensa.

Hitler se lanzó en 1943 hacia la conquista de un coloso como era la Unión Soviética con todo lo que tenía, y sin embargo nunca pisó Moscú. La aviación japonesa envió a más de 400 aeronaves a Pearl Harbor para aniquilar a la Marina norteamericana, y apenas la fracturó. Estos dos sucesos, uno en el corazón de Europa y el otro en medio del Pacífico, a miles de kilómetros de distancia el uno del otro, pudieron significar el fin de la guerra ese mismo año. Y nunca sabremos qué habría pasado si los ganadores hubiesen sido otros.

El hondear de la bandera roja en el Reichstag supuso el fin de la guerra en Europa. Todavía pasarían 3 meses más hasta que Japón, amedrentada y atemorizada por el potencial atómico aliado, firmase su rendición incondicional. Y es que hace setenta años, que son muchos y a la vez muy pocos, capituló el mayor fantasma que ha asolado el continente en su historia. Muchas personas ni se enteraron a tiempo de la noticia, escondidas junto con sus familias en el sótano de sus casas, aterradas por los pequeños núcleos de resistencia que se negaban a aceptar la derrota. La capitulación alemana no significó el fin de los disparos y las ofensivas, y mucho menos supuso una paz inmediata.

La población que ha vivido en primera persona esta catástrofe, sin paliativos ni calificativos que le hagan justicia, no han olvidado ni olvidarán nunca hasta qué punto el ser humano puede obrar sin humanidad. Pero ese dos de mayo, Europa amaneció con un buen motivo para sonreír aliviada y para mirar al cielo, teñido de rojo por la pólvora de los cañones, con una esperanza que creía perdida. Y hoy, setenta años después, seguirá saliendo el sol por la mañana.

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