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Iglesias se queda solo

Fuente: The Huffington Post

Recuerdo las elecciones europeas de mayo como si fuesen ayer. No porque hubiese sido la primera vez en toda mi vida que iba a votar (que también), sino porque estaba ilusionado. En ese instante, me di cuenta de que en España las cosas podían cambiar, ir a mejor, en favor de los que menos tienen. Que todas las injusticias sociales que sufrimos a lo ancho y largo de los años más terribles de la crisis podrían ser cosa definitivamente del pasado. Que podríamos pasar página. Y una imagen, la de Pablo Iglesias rodeado de todo un equipo, de sonrisas, de vítores y de aplausos, se me quedó grabada en la cabeza. En ese momento, creí que ese sueño podría algún día materializarse. ¿Alguien se imagina, casi un año después de tal suceso, algo siquiera semejante? Lo dudo.

Pablo Iglesias parece haberse quedado solo en la batalla que él mismo empezó. Como un general obcecado al que alguno de sus más leales capitanes da la espalda. Fue poco después de las europeas, tras seis meses en conjunto y sin fisuras, cuando la primera voz crítica, la de Pablo Echenique, comenzó a hacer saltar las alarmas en el partido. Le echó un pulso a Iglesias y lo perdió. Ahora pocos son los que se acuerdan del que hoy es secretario general de Podemos en Aragón, quien tras semejante revuelo fue pronto apartado de la primera línea de fuego mediática.

Desde Podemos, y sobretodo desde los leales a Iglesias, vieron este proceso de crítica como algo coyuntural. La elaboración del programa y del discurso para las masas ya estaba en marcha, encabezado por un tridente muy bien avenido: Iglesias, Errejón... y Monedero. El que fue (ya podemos hablar en pretérito) número 3 de la incipiente formación aportaba una de las voces más claras y convincentes, casi a la par que la del propio Pablo. Uno estaba esforzándose en hacerse con las riendas de la formación, el otro en hacer política. Dos caras irreconciliables de la misma moneda. 

Con la dimisión de Monedero desaparece el último eslabón de "ideología radical" (por llamarlo de algún modo) que quedaba en la cúpula de la formación. Un hombre que no hablaba para contentar, sino para asustar. Que plagaba su discurso de retórica rupturista, que encabezaba mejor que nadie los valores que hicieron ganar a Podemos cinco escaños en Europa con apenas 4 meses de vida. Pablo ponía el blues, Monedero el heavy metal. 

En Podemos buscan a la desesperada transmitir un mero matiz de confianza y de tranquilidad en época de tormenta interna, iniciada desde el momento en que asaltaron la cámara de eurodiputados. Una tormenta cuyos rayos han alcanzado a Echenique, luego a la relación de Pablo con Tania Sánchez y ahora a Monedero, que podrá seguir defendiendo que besa el suelo sobre el que pisa Iglesias... pero que no convence. 

Desde el mismo instante en que salió a la luz el presunto fraude a hacienda, Podemos hizo el vacío a un Juan Carlos que libró una guerra en solitario. Al desmarcarse en exceso de la parafernalia socialdemócrata de Iglesias and company, recibió una advertencia censora. Monedero avistaba lo que era una evidencia, el acercamiento a los comportamientos tradicionalistas de la política española, y quiso dar marcha atrás cuando Pablo pisó el acelerador. Ya no había mayor solución que la del abandono. Un abandono que aísla todavía más a un Iglesias que pierde el que sin duda era su mayor aval en la formación que ellos dos mismos crearon, y que inaugura oficialmente el período de huracán dentro del partido. Pero es que ya lo dice el dicho: cuando el río suena, agua lleva, Pablo. 

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