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El triunfalismo de las hienas

Fuente: EFE

El cambio. Quizá sean dos de las palabras más utilizadas en el vocabulario político desde las elecciones europeas del pasado año. Renovar la democracia, fortalecer la transparencia, acabar con la corrupción... Muchas de estas propuestas han sido puestas en boca de quienes, a ojos de todos los españoles, han saqueado sin impunidad las arcas públicas de un país que se moría. Y no es esta la tragedia. La verdadera preocupación es que un gobierno cuya actuación ha sido impropia de un país democrático y occidental siga siendo la primera opción para muchos españoles. 

Este hecho no es dramatismo ni fruto de una casualidad puntual, sino que es evidente que la corrupción como forma de estado sigue haciendo mejor campaña que cualquier plan electoral. Esto queda en evidencia cada día en los informativos, en los que a diario se informa de la últimas travesuras de nuestros gobernantes. Un extranjero que vea esto pensaría que la población se habría levantado hace tiempo contra esta gente y que ya habrían sido derrocados, pero poca sería la sorpresa si se enterase de que siguen encabezando las encuestas. Mientras tanto, los españoles nos limitamos a soltar improperios, algún "¡Qué sinvergüenzas!" y a protestar de vez en cuando a la puerta de sus ministerios. Pero cuando la cita con las urnas asoma por la esquina, esto se disipa en nuestra memoria. ¡Cómo no íbamos a votar al Partido Popular!

Lejos de un posible rechazo en cuanto a la intención del voto, y a pesar de la lógica pérdida de la mayoría absoluta, el PP sigue ahí, "al pie del cañón" como quien dice. Y no les ha hecho falta cambiar de secretario general, ni de cúpula directiva, ni de imagen, ni de eslogan. Siguen mostrándose de cara al público tal y como son y como siempre han sido, sin maquillaje. No se esconden ni agachan la cabeza ante las más de 60.000 familias que dejaron sin hogar sólo en el año 2013. Cuentan los euros de mil en mil en sus coches oficiales, mientras hay madres y padres que reúnen hasta el último céntimo disponible para poder dar de desayunar y vestir a sus hijos. Jóvenes que se ven avocados a los billetes de ida sin tener clara su vuelta, por Europa y por Latinoamérica, a la vez que el pequeño Nicolás se paseaba por Madrid dando apretones de mano a reyes y a reinas. Y no sólo no se les cae la cara de vergüenza ante tanto escándalo, sino que se ven con la autoridad y la decencia necesarias para volver a encabezar las listas en noviembre, como si todo esto no fuese con ellos.

Si echamos un vistazo a la hemeroteca de la barbarie de los populares, podríamos elaborar una compleja tesis acerca de cómo España y sus gentes hacen la vista gorda ante delitos que atentan contra cada uno de sus ciudadanos. Somos líderes en desigualdad social, en precariedad laboral, en desahucios, en puertas giratorias... Si es que hasta ostentamos el prestigioso título de ser el primer país al que la Unión Europea multa por haber falseado sus datos del déficit. Y con este panorama, con esta imagen tan pobre de un país que hace ya décadas que merece un cambio de rumbo, ese "cambio" seguirá siendo encabezado por los precursores de la catástrofe. Y esa actitud, de hienas carroñeras que esperan lentamente a que su presa, en este caso España, se desangre, es la que van a apoyar varios millones de españoles en las próximas elecciones generales, esperando que una época de bonanza macroeconómica se traduzca algún día en mejoras en la calidad de vida de la gente. Y mientras tanto, y como diría un Rajoy exhausto tras ganar contra todo pronóstico, ¡viva el vino!



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