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Galas de en-sueño

Dani Rovira al frente de los Goya / Foto de: elmundo.es
Este año no vi los Goya. Solía hacerlo antes, cuando las estrellas sí que brillaban por sí solas, cuando el artificio no caía sobre el espectador como un tortazo de realidad. O quizá siempre hayan sido así, y por ello mi cerebro sabiamente optó por hacer otras cosas y esperar a que anunciasen los premiados por Twitter. Suelo arrepentirme de ese tipo de decisiones, pero parece que la gala de este año me dio la razón más pronto que tarde.


Algo falla cuando el cine deja de ser el protagonista en unos premios dedicados al séptimo arte. Algo falla cuando los mismos protagonistas que nos encadenan al sofá de nuestras casas, o nos hacen pagar el 21% de IVA para ir al cine, no son quién de captar nuestra atención ni por un instante. Y esta bocanada de triste realidad contrasta con el año más dorado para la industria de nuestro país, acentuando de este modo la decepción de un acto que no les hizo justicia a sus profesionales.

El Niño”, “La Isla Mínima”, “Magical Girl”, “8 apellidos vascos”… Eran muchos los alicientes para vivir una noche grande en la alfombra roja de Madrid. La voz quebrada de un Antonio Banderas emocionado al hablar de su hija, o el papelón de Dani Rovira a la hora de salvar los muebles es de lo único de lo que valdrá la pena acordarse (bueno, de eso y del beso del andaluz con Clara Lago… muy “inesperado”). Lo que sí que el público no recordará serán los soporíferos discursos de muchos de los premiados, que conforme avanzaba esta vigésimo novena edición se hacían más y más redundantes y repetitivos, en una lucha por ver quién era capaz de decir menos cosas en un mayor número de palabras.

El paso del tiempo a veces exige un cambio de formato. Algo parecido a los “Globos de Oro”, por ejemplo: una gala informal, donde los actores puedan charlar, ser personas y tomarse un par de cócteles, donde se aprecie un lado más humano de la cinematografía sin renunciar a los nervios de las papeletas. Sin embargo, en estos premios la consigna pareció limitarse a mantener la alta cuota de pantalla hasta bien entrada la medianoche, sin importar en qué se malgaste el tiempo y dejándolo todo en manos de un cómico cuyo talento sobrevivió por poco a la madrugada del domingo.


Creo y espero que 2015 sea un gran año para el cine español, pero todavía deseo más que la trigésima edición de los Goya haga honores al gran plantel de profesionales con los que cuenta España, a pesar de que muchos, ya sea por moda o por simple ignorancia, sigan tildando a las producciones peninsulares como cine menor o de baja calidad. 

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